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¡Que alguien pare a Klaus!

Klaus sonríe el último. ¿Sonríe mejor? | Pietro Naj-Oleari (cc)

Klaus sonríe el último. ¿Sonríe mejor? | Pietro Naj-Oleari (cc)

El presidente de la República Checa, Vaclav Klaus, quiere morir matando. Al menos, para la clase política europea, a la que ha desafiado una vez más de forma indirecta. Diecisiete senadores de su partido han presentado un nuevo recurso ante el Tribunal Constitucional contra el Tratado de Lisboa.

Klaus se reconoce euroescéptico y tuvo un papel estelar durante la presidencia de la Unión Europea de su país, el semestre pasado. En Bruselas es conocido como la bestia negra del famoso tratado, que fija las nuevas reglas de juego de la UE con una amplia reforma. Sólo faltan tres países por ratificarlo para que entre en vigor el hijo feo de la Constitución Europea que tumbaron los ciudadanos franceses y holandeses. Los ciudadanos irlandeses, que lo rechazaron en junio de 2008 en referéndum, votarán de nuevo este viernes. Es exactamente lo mismo que rechazaron el año pasado, pero parece que ahora los mismos votantes van a votar bien. Por su parte, Polonia ha anunciado que lo firmará, pero prefiere esperar a ver si el tratado sufre otra cornada, esta mortal, de los irlandeses. Ahora hay una nueva condición: que el Constitucional checo despeje de dudas la legalidad del tratado, que para los senadores checos se inmiscuye en la soberanía nacional.

Es de esperar que en más de un despacho de Bruselas, que ha defendido con pasión burocrática el tratado, hoy más de uno se haya tirado de los pelos. La reforma dará más poder a las instituciones, creará la figura de un ministro de asuntos Exteriores, la de un presidente estable de la UE, un servicio diplomático europeo…

La pasión burocrática de Bruselas es comparable al odio de Klaus a la idea de una Europa política. Ambas dos son inversamente proporcionales al interés ciudadano por el tratado.


Un sustituto para Solana

Solana ha contagiado su discreción hasta a los rumores sobre su recambio | Foto: Flickr

Solana ha contagiado su discreción hasta a los rumores sobre su recambio | Foto: Flickr

El debate más socorrido en los pasillos de Bruselas, en las tertulias de café, es estos días pura especulación sobre cargos, mayorías y equilibrios institucionales. El presidente de la Comisión, Durao Barroso, está a punto de culminar su particular viacrucis para repetir en el cargo cinco años más. Además, todo su gabinete (27 comisarios) se renueva este otoño. Por si fuera poco, hay cargos nuevos. Si los irlandeses dicen sí a las nuevas reglas de juego de la Unión Europea, conocidas como el Tratado de Lisboa, se creará el cargo estable de presidente de la UE. Un cargo muy goloso, un puesto de lujo ante las cámaras en todas las cumbres. De momento, sabemos que Tony Blair lo quiere y que Felipe González dice que no quiere.

En esta controversia de nombres (que no de contenido), pasa desapercibida la renovación del Alto Representante para la Política Exterior. Una especie de ministro de Exteriores de la UE. Mister Pesc. Javier Solana.

De él hay quien dice que “habla todas las lenguas sin que se le entienda ninguna”. En las ruedas de prensa parece traspuesto, pero pocos dudan de su habilidad en negociaciones diplomáticas, sus dotes como mediador sigiloso y su obsesivo escrúpulo por el trabajo.

De Solana no se habla, aunque lleve diez años en el puesto. Diez años en los que ha hecho suyo el puesto y ha representado a la UE en toda negociación importante, ya sea en el proceso de paz de Oriente Medio, las relaciones trasatlánticas o el complicado día a día con el Kremlin, un aliado a menudo intratable.

Nicolas Gros-Verheyde destripa en su blog las razones por las que es importante y aquellas condiciones para el puesto. Yo añadiría que, siendo realista, su perfil ha de ser por fuerza discreto. Nadie con una personalidad arrolladora, con ideas firmes, puede agradar al mismo tiempo a Sarkozy, Merkel, Brown o Berlusconi. Al menos no alguien que las exprese habitualmente.

El perfil bajo puede ser, además de un patrón para el sustituir a Solana, un elemento sine qua non para la elección de un nuevo presidente de la UE. Puede ser también el motivo del respaldo de los 27 a Barroso, un presidente de la Comisión a menudo criticado por nadar y guardar la ropa con cada uno de los grandes países europeos.