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Las tripas y el lugar de Sortu

Sobran maneras de disparar a la libertad | colinwhite

Dos días después, la gran pregunta sigue sin responder. ¿Sortu, la nueva marca de la autodenominada izquierda abertzale, es una burla? En los tiempos que corren, la pregunta podría planteársele a la credibilidad de todos los partidos. Salvo por una única, pero crucial diferencia. Defender a unas personas matando a otras es una paradoja inasumible.

Este martes compareció ante la prensa en Bruselas Nico Moreno, alcalde de Elorrio (Vizcaya) gracias a los votos de miles de personas que en 2007 apoyaron a Acción Nacionalista Vasca, su partido, y que en mayo probablemente querrán votar por Sortu. Moreno se presentó como representante de la izquierda abertzale, no de Sortu, pero hablaba en primera persona de la nueva formación y la representaba su puesta de largo internacional. Su discurso no se diferencia mucho del de otros partidos nacionalistas vascos y alguno que siguió la comparecencia aseguró haber escuchado “más de lo que había esperado” tan solo unas semanas antes.

Sus palabras estaban muy medidas, muy calculadas y por la oportunidad al pronunciarlas en Bruselas, un día después de la presentación del partido, parecían largamente preparadas de antemano. El propio Moreno aseguró que, salvo maniobras políticas que sobrepasen la Ley de Partidos, el Gobierno tendá muy difícil ilegalizar la nueva formación. Eso, que es algo obvio, parece que cuesta mucho entenderlo. No se puede ilegalizar a un partido por sospechas o presión social. Tampoco se puede exigir que un Gobierno actúe al margen de una ley vigente y ampliamente consensuada sólo porque existan sospechas. Para que Sortu sea legal necesita desmarcarse de la violencia y demostrar que mantiene las intenciones expresadas esta semana. El aparente giro y descontento de la base social de Batasuna puede haber sido un elemento clave. Para ilegalizar al nuevo partido se necesita aplicar la ley y probar que es continuación de Batasuna o que defiende implícita o explícitamente la violencia. Una revisión de la Ley de Partidos permite incluso desalojar de las instituciones a los elegidos si una vez llegados al poder se demuestra que la campaña electoral sólo era una campaña electoral.

Un debate tan emocional como el que se vive estos días en España sólo son malas noticias salvo para quien saca rédito al azuzarlo. En primer lugar, porque implica una desconfianza total en una ley aprobada por consenso, refrendada por el tribunal de Estrasburgo y revisada para endurecerla. A la postre, porque prepara el terreno para el adelantamiento por la derecha de esa ley poniendo en peligro derechos fundamentales, que también podrían ser burlados. El lugar que debe ocupar Sortu no se puede decidir con las tripas, sino con mucho estómago.