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De la necesidad, virtud

Jáuregui llegó con una combinación de lealtad y desafección por Zapatero (foto: friendsofeurope)

Seguro que a Ramón Jáuregui le habían contado bien la película. Por eso llegó a Bruselas y Estrasburgo, donde los eurodiputados pasan la mayor parte de su tiempo, preguntándose que hacía un elefante como él en un cementerio como éste. Que la Eurocámara puede ser una prejubilación de lujo es tan cierto como que cada eurodiputado trabaja lo que quiere trabajar, y tan falso como que no hay vida política después de Europa.

Jáuregui tenía entonces 60 años. De ellos, había pasado 35 en el derecho laboral, la política vasca o el corte y confección de acuerdos para un Gobierno en minoría. A través de las múltiples conversaciones que mantuvimos desde que llegó me quedó claro que creía que Estrasburgo no era su lugar, sobre todo después de ser el hombre clave de los socialistas en el Congreso de los Diputados. Sentía respeto por su cargo como número dos de los socialistas españoles, la segunda delegación, tras la alemana, de un grupo de izquierdas diezmado por la crisis. Por Zapatero, que al tratar de reforzar la lista para unas europeas muy reñidas se deshizo de él, una combinación de lealtad y desafección.

No tardó mucho tiempo en darse cuenta de que “todos los eurodiputados venimos preñados de nuestra realidad y cuesta mucho, ¡demasiado!, que la abandonemos para hacer y hablar de Europa”, según escribió sólo dos meses después de aterrizar. Quizás por eso en su toma de posesión, este viernes, broméo diciendo que tiene que hacer “una pequeña inmersión en política nacional”.

¿Preparado para volver? En realidad, nunca se ha ido, aunque debería haber vuelto con una Portavicía que nunca hubiera desmerecido el ascenso de Rubalcaba. Se “expresa muy bien”, según reconoció Zapatero acusando su propia carencia, y la voz, en la ópera como en la política, envejece dulcemente y sin prisa. La labia y el olfato le permitieron tejer una discreta campaña hacia la cartera de Trabajo, que contó con unos socialistas sin aliento pero no resignados, como Eduardo Madina, o una vieja guardia entre la que seguía siendo un referente. “Sí, preparado sí. Si usted me pregunta, tengo 62 años, llevo 40 años de militancia en el partido, he sido abogado laboralista y en fin, toda mi vida política ha estado relacionada con el mundo laboral y de la empresa”, aseguró hace unas semanas para postularse como sucesor de Celestino Corbacho. En los pasillos de la Eurocámara aseguró que nunca había estado tan preparado, pero que eso era una constatación, un hecho más que una candidatura. De una conversación con él sobre la política antiterrorista, por ejemplo, se desprendía una conclusión parecida, pero respecto al Ministerio del Interior.

Su capacidad para dar forma al discurso político es su gran activo, además de un gran instinto político que consume sus energías hasta transcribirse en una extrema delgadez. Desde que llegó al Parlamento Europeo, consiguió hacerse muy popular entre la prensa española, que acudía a él en busca de titulares, ideas claras y respuestas cortas. Aunque Jáuregui habla rápido, no suele escapársele nada. No da pasos en falso, y es capaz de hacer suyas posiciones políticas arriesgadas hasta transmitirlas con total seguridad. Sin pestañear defendió, preñado de la realidad nacional y la elección de Zapatero, a José Manuel Durao Barroso para un segundo mandato al frente de la Comisión, a pesar de dar la espalda a la izquierda europea y a parte de sus postulados políticos.

La experiencia le vendrá muy bien para defender según qué medidas como vigía de un Gobierno en el que quería ingresar, pero cuya certeza probablemente no llegó hasta el último momento. En todo caso, Jáuregui llegó a pensar que sus esfuerzos caían en saco roto. Es de suponer que el cargo jamás hubiera llamado a su puerta si la credibilidad del Gobierno no se hubiese erosionado tantísimo en los últimos meses. Tampoco hay que descartar que la facilidad de palabra y su linaje político hayan jugado en su contra hasta ahora. En Europa ha demostrado que sabe hacer de la necesidad virtud. Como aseguró este jueves en Moncloa, y aún a riesgo de parecer desesperado, Jáuregui vuelve a su lugar natural para “morir en el intento”. En 2012 veremos si ha sobrevivido.


El estado gitano de la Unión

Francia podría estar saltándose leyes europeas esenciales| cc philippeleroyer

Lívia Járóka, eurodiputada gitana de Hungría, representó al Partido Popular Europeo en el debate monográfico sobre las supuestas deportaciones en masa de gitanos que el Gobierno de Nicolas Sarkozy está llevando a cabo. Es muy llamativo. Primero, porque es -creo- el único miembro de étina romaní en la cámara. Segundo, porque demuestra hasta qué punto los conservadores europeos, arropados por la extrema derecha y diputados no inscritos, estaban dispuestos a todo para evitar un feo al líder francés. A Jároka se la veía tensa, lamentando las causas que llevan a Gobiernos como el de Francia a dejarse seducir por las encuestas, pero sin dar nombres.

No lo consiguieron, pero poco más da. París no recula y ha anunciado que seguirá colocando el miedo al crimen por encima de la ley europea, la seguridad por encima de la Justicia. “Muchos diputados del PP querían que su resolución fuese leída mediáticamente como un reproche a Sarkozy”, aseguraban desde las gradas socialistas, que al final sacaron adelante su texto, pactado con liberales, verdes y comunistas. “Le compran los miedos, pero sobre todo los argumentos a la extrema derecha“, sintetiza Juan Fernando López Aguilar, jefe de los socialistas españoles y presidente de la comisión parlamentaria de Libertades Civiles. De hecho, los conservadores no fueron los que justificaban a Sarkozy, sólo pedían no censurarlo. La Liga Norte italiana y algún otro partido sí jalearon las deportaciones masivas, ante las caras largas del centro derecha. El PPE ha intentado en este debate imitar la posición de la Comisión, encabezada por su presidente, José Manuel Durao Barroso. De perfil contra el viento para que el despeine sea mínimo.

En el caso de Barroso, el viento es tan fuerte que me extraña que todavía conserve algo de pelo. Su equipo promocionó el “State of the Union Debate” como si Barroso fuese Obama. Pero ni Barroso hizo grandes anuncios ni se mojó sobre Francia, el único tema que levantó pasiones en su discurso del martes. Quizás esté mal que sea él quien lo diga, pero el líder eurófobo estuvo bastante lúcido. “Este discurso no le pone al nivel de Obama, porque él es elegido y usted no, allí su discurso lo ven 48 millones de personas y aquí tenemos hasta que suplicar para que vengan los diputados”, le espetó el británico Nigel Farage, del UKIP. Al inicio del debate había 600 de sus señorías. La mesa del Parlamento había amenazado con retirar parte de los 200 euros de dieta de ese día si sus señorías se perdían la primera gran cita política del otoño. Parece evidente que no todos en Europa vuelven de las vacaciones con las pilas cargadas.