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Es más que un cálculo electoral

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Fue Ignacio Fernández Toxo, el secretario general de CCOO, el que dijo que esta huelga es una “gran putada”. Es el diagnóstico político al que muchas personas han llegado estos días. Por un lado, porque el Partido Popular, renombrado “partido de los trabajadores”, no apoya la huelga, pero recogerá sus frutos si es exitosa. Si gana las próximas elecciones, seguramente será el origen de paros todavía más justificados. Por otra, porque los sindicatos tienen la credibilidad en números rojos, en buena medida por méritos propios, un orgulloso inmobilismo y un discurso que apenas ha evolucionado en décadas. Defender el statu quo de un mercado laboral que es como un chicle (porque estira con cada crisis el número de parados hasta doblar la media europea) tampoco parece lo más inteligente.

Yo he hecho huelga este martes, como muchos de mis compañeros de la prensa escrita. Aunque también he pensado en todo lo anterior, creo que son los partidos políticos los que tienen que despertar ilusión (tanto si están en el Gobierno como en la oposición) y no los ciudadanos los  campaña electoral. No nos corresponde entretenernos con factores secundarios, sino plantearnos si hay motivos.

Y motivos hay de sobra. El primero, que la especulación financiera, esos señores llamados ‘mercado’, han provocado una crisis económica histórica que además ha golpeado al funcionamiento político de las sociedades democráticas. Gobiernos de todos los colores se han resignado a explicarle al ciudadano que aquello de que deciden ellos cada cuatro años es mentira. Al menos en la economía, quien decide el rumbo de un país es el diferencial con la deuda alemana, un análisis de un experto muy reputado (pero desconocido) publicado en el Financial Times, o hasta un dedo muy gordo que marca tantos ceros que provoca una gran venta de acciones y el pánico en Wall Street.

Pero lo cierto es que sí votamos cada cuatro años y los que dirigen el mundo tienen la obligación de ser consecuentes. Y si no, corren el riesgo de que la calle les amargue parte de la plácida legislatura. Poner en marcha planes de ajuste y reformas estructurales (laboral, de pensiones) no es un ejercicio unívoco. Aunque haya reformas que puedan ser más o menos urgentes, ni la Unión Europea ni las agencias de calificación de riesgos tienen credencial alguna en la aplicación de recetas mágicas.

Los sindicatos pueden ser un mal menor, una herramienta necesaria (pero cada vez menos suficiente) para acompañar a una protesta que devuelve a los ciudadanos el derecho a tomar parte en su futuro. Por eso, el “así, no” cobra todo su sentido. Es un lema al que nadie, vote a quien vote, puede darle la vuelta.