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Vivir o sucumbir en el Teatro Real

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Qué: El Público, de Mauricio Sotelo. Ópera en el Teatro Real de Madrid. Del 24 de febrero al 13 de marzo. Director musical: Pablo Heras-Casado.

Por qué hablo: Porque es un estreno mundial (la música es inédita), porque está basada en una obra de Federico García Lorca y porque une la música contemporánea con el flamenco.

Texto originalmente publicado en El Español.

“¿Qué piden? Piden la muerte del Director de escena”. Quien haya tenido mala suerte, quien alguna vez haya estrellado su ilusión y su dinero contra un espectáculo ininteligible conoce bien el sentido amargo de estas palabras. Se escucharon este martes en el Teatro Real, pero eran parte del espectáculo. El Público, la obra de Federico García Lorca, renacía como ópera para hermanar el flamenco con la música contemporánea. Fue una de esas noches excepcionales por la escasísima frecuencia con la que suceden. Un estreno mundial, con el compositor vivo y saludando en la sala. Los espectadores (los que se quedaron hasta el final, al menos) agradecieron con entusiasmo la apuesta valiente de Gerard Mortier, el director artístico que encargó la obra, a pesar de sus altibajos.

El Público gira en torno al amor entre un director de teatro, Enrique, y su amante, Gonzalo. La acción transcurre en medio de la alocada representación de Romeo y Julieta, de Shakespeare, que sirve como excusa para una reflexión onírica sobre las apariencias, los límites de la realidad, el deseo y el amor incomprendido. Es un texto incompleto, escrito por Lorca en 1930 y cuya versión definitiva probablemente se haya perdido en los años convulsos que precedieron a su asesinato en 1936.

El Público Teatro Real

Una ópera flamenca

El compositor de la música, Mauricio Sotelo, mezcla hábilmente música clásica contemporánea (orquestal y vocal) con flamenco. Es uno de los innegables atractivos de la obra, que se inscribe en ese casi inexistente género de la ópera española. En el escenario conviven artistas de distinto pelaje: cantantes líricos germanos con cantaores que no leen música pautada. Con el pecho descubierto, los cantaores Arcángel y Jesús Méndez irrumpen en la escena en forma de caballos blancos, con largas crines y pezuñas en los pies apoyadas en tacones de aguja.

En el foso, elevados sobre dos plataformas, un guitarrista flamenco (Juan Manuel Cañizares) y un percusionista (Agustín Diassera), transforman al tantas veces adusto Teatro Real en un emocionante tablao. En otros momentos, una soprano coloratura o un bajo barítono interpretan tenebrosas arias acompañados por una orquesta especializada, venida para la ocasión desde Viena (Klangforum Wien).

Para algún cultivado espectador, la línea vocal compuesta para los cantantes líricos fue monótona y sin audacia y alimenta el tópico simplista de que la música contemporánea es un tostón. Pero hay pasajes con sustancia y dirección y algunos guiños en las referencias a la música tonal conocida por todos, como el posible reflejo de las Las bodas de Fígaro.

Pablo Heras-Casado dirige con autoridad a la orquesta y a los cantantes, entre los que destacan José Antonio López, el barítono que hace de director, la joven y muy prometedora soprano Isabella Gaudí y los cantaores flamencos. La pasión y la precisión de Heras-Casado resultan imprescindibles para que el espectáculo aguante pese a su complejidad. Así se le fue reconocido al terminar la función en su camerino, donde recibía abrazos empapado en sudor y acompañado por sus padres emocionados.

La música procede literalmente de todas partes. Desde el foso, donde está la orquesta, con presencia destacada de la percusión (y hasta un contraforte), hasta las entrañas del propio teatro. Una colección de altavoces se reparten por la sala, recorrida en ocasiones de lado a lado por sonidos que parecen salidos de una película de ciencia ficción.

Una escena muy desigual

El PúblicoPero la ciencia ficción, o la película de terror, está en la escena. Su responsable, Robert Castro, se sirve junto al escenógrafo Alexander Polzin de imágenes muy impactantes pero poco eficaces. A la obra le sobran efectos y le falta una buena dramaturgia, un argumento escénico que ayude a comprender el surrealismo de Lorca, no que lo complique.

La obra mejora en la segunda parte, en la que se recrea la crucifixión de Gonzalo y una procesión a oscuras, además de un juego de espejos que muestra al público (el del Real), reflejado en el escenario. Los caballos, que representan quizás el deseo, también están muy logrados.

En conjunto, un poco de pedagogía hubiera hecho más fácil el esfuerzo de “entender no entendiendo”, la frase de San Juan de la Cruz que a menudo usa Sotelo. Hubiera sido útil para metabolizar las metáforas lorquianas y algunas frases nada obvias (“El ano es el castigo del hombre”, “La primera bomba de la revolución barrió la cabeza del profesor de retórica”). Al fin y al cabo, el disfrute de una ópera no puede ser una cuestión de fe. Debe ser algo sensorial, una conexión emocionante y empírica.

Más allá de algunos fallos, como la pronunciación de alguno de los cantantes extranjeros (¿hay alguna ópera donde tenga más sentido explotar el talento español?) o desajustes puntuales en la amplificación, que por lo demás no resultó efectiva, la ópera merece la pena.

Pese a que tras el descanso la zona noble del teatro quedase en parte despoblada tras la pausa (algo que pasa de vez en cuando en los estrenos), a El Público hay que reconocerle la osadía intelectual de crear algo tan complejo, que requiere tanto trabajo, como una ópera en la España de 2015.

El Público hace suya una de las frases culmen del poeta granadino, seguramente compartida por Mortier cuando encargó la obra. “Hay que destruir el teatro o vivir en el teatro”. Con todas las consecuencias.

Fotografía: Javier del Real (Teatro Real)

Además: “Pablo Heras-Casado, el director de los sentidos”


El director de los sentidos

Pablo Heras-Casado dirige sin batuta, dejó el conservatorio a medias y lleva orquestas en Londres, Friburgo o Nueva York porque no hay repertorio que se le resista. Ahora estrena ‘El Público’ en el Teatro Real, una ópera basada en una obra de Lorca. Para él, música es “emoción”, “comunicación” y “trabajo”.

Pablo Heras-Casado

Pablo Heras-Casado empezó en la música desde abajo y por instinto. En su familia nadie toca un instrumento. Pero “con dos años ya hablaba perfectamente e incluso cantaba”, recuerda orgullosa su madre, Carmen. Un poco antes de cumplir los ocho, madre e hijo se apuntaron a un coro de aficionados en su Granada natal. Con el tiempo, Carmen lo acabó dejando y a su hijo le picó el gusanillo por la dirección. Se pasó al otro lado y empezó a guiar a sus amigos a través de la música antigua, el repertorio que lo enamoró desde el principio. Él lo hacía todo. Reunía a los cantantes, buscaba las partituras, hacía la promoción de los conciertos.

(Así comienza el primer gran perfil que publicamos en El Español. Puedes leerlo entero -y disfrutar de las fotos de Dani Pozo- aquí)