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El ser o no ser de Rajoy en Europa

Rajoy, firmando el tratado de austeridad antes de anunciar su incumplimiento a la prensa.

La nota de los dos principales exámenes de Mariano Rajoy en Europa se conocerá este viernes en dos ciudades distintas. En Madrid, el Gobierno presenta sus presupuestos para 2012, unas cuentas públicas que no entrarán en vigor hasta mediados de año y que incluirán un nuevo gran recorte. En Copenhague, el ministro de Economía, Luis de Guindos, está invitado a explicarlas en una reunión de ministros de Economía del euro que también debatirá sobre la cascada de cargos europeos vacantes.

Rajoy se juega muchas más cosas en Bruselas, porque es en la capital de la UE, cuando no en Berlín, donde se marcan las pautas económicas de asuntos como la reestructuración del sistema bancario o la reforma laboral. Sin embargo, los exámenes de la austeridad y los cargos servirán como termómetro perfecto para aclarar si Rajoy es capaz de mantener una versión tamizada de la voluntad de tomar decisiones en Europa, expresada en campaña electoral, o se resigna a aplicarlas, como hizo el anterior Gobierno.

Rajoy logró, a pesar de un desgaste innegable de su imagen pública, un éxito relativo al lograr que se flexibilizasen los objetivos de déficit este año en nueve décimas. El coste fue tragarse sus palabras y el objetivo de déficit anunciado unilateralmente, “una decisión soberana que toman los españoles”, según él, pero que al final enmiendan los alemanes. Rajoy arañó una suavización que otros países no tardarán en plantear y que ha puesto nerviosos a los países satélite de Alemania, todavía más obsesionados con la austeridad. Si Rajoy no hubiese entrado en el Consejo Europeo como un elefante en una cacharrería, las nueve décimas obtenidas al margen de todo proceso formal le hubieran sabido a gloria. Como quiso imponer 1,4 puntos, su autonomía se vio mermada.

Ahora no se trata ya de la propia credibilidad personal de Rajoy sino del lugar de España en Europa. El pacto no escrito que daba a España un puesto en el directorio del BCE se ha roto. De los seis miembros del Consejo Ejecutivo del BCE, cuatro pertenecen todavía a los grandes países del euro: Alemania, Francia, Italia y España. Sin embargo, el relevo de José Manuel González Páramo en la institución será con toda probabilidad el prestigioso gobernador central Yves Mersh, de Luxemburgo. “Que el banco tenga un presidente italiano [Mario Draghi] y un vicepresidente portugués [Vitor Constancio] es lo que sobre todo resta posibilidades a España”, razona un alto funcionario comunitario. “Pero también el perfil del candidato español [Antonio Sáinz de Vicuña], que lleva muchísimos años en el banco central, y tiene mucho prestigio como jurista económico, pero no es experto en política monetaria”, señalaba esta semana la misma fuente.

Mantener a un vigía en el directorio que lleva el día a día de la institución es clave tanto por su valor en sí como porque pone a prueba la capacidad diplomática del Gobierno. Le asegura a España voz en un foro privilegiado y serviría en estos momentos como recordatorio: España sigue siendo uno de los cuatro grandes países del euro. Sin embargo, la coincidencia del relevo en otros tres cargos ha servido como excusa perfecta para dar a España un puesto de consolación. Perdido el BCE, España no puede aspirar a la presidencia del Eurogrupo (a cuyo presidente, Jean-Claude Juncker, se le acaba el mandato), pero sí a la gerencia del fondo de rescate del euro, un órgano carente de cualquier perfil político y que está al dictado de los ministros de Economía.

Un éxito relativo de la capacidad personal de maniobra de Rajoy, siempre condicionado por el cumplimiento de los nuevos objetivos de déficit, difícilmente se compensa con una pérdida objetiva de poder económico en la eurozona, por lo que el presidente del Gobierno podría no salir muy airoso de sus primeros envites europeos. En dos días lo sabremos.


Trataditis

En la imagen, Merkozy. ¿Qué pasaría si abriésemos el objetivo? (foto: N. Konstantin)

Europa se está contagiando de trataditis. Sus síntomas surgen en Bruselas en cualquier conversación sobre la cumbre de la Unión Europea de este jueves y viernes. ¿Es necesario reformar los tratados? ¿Será suficiente con reformar el Protocolo 12 o habrá que ir hacia una reforma profunda del Protocolo 14 y el artículo 136? ¿Y si la eurozona se dotase de un tratado propio, quién sería su árbitro? Los titulares se multiplican tanto en la prensa especializada como en la generalista y de repente todo el mundo tiene una opinión sobre “los tratados”.

La enfermedad se convierte en letal cuando se olvida que el cambio en los tratados no es ni un fin en sí mismo ni la solución a corto plazo para la crisis. Antes de que se abriese el melón de la arquitectura institucional, los tres elementos clave de la crisis estaban ya sobre la mesa. La especulación y sus dos antídotos: la responsabilidad y la solidaridad. La especulación sigue campando a sus anchas, ya que las sucesivas reformas de la legislación financiera no han cambiado los fundamentos del sistema. El mejor ejemplo son las agencias de calificación, indiferentes a las tres reformas legales que se han puesto en marcha desde 2008. La responsabilidad es para Alemania un sinónimo de drástica austeridad y debe imponerse a los demás socios para saciar la sed de los especuladores. La solidaridad, ya sea a través de métodos de intervención temporales (el BCE y los fondos de rescate) o escudos duraderos (eurobonos), es el último elemento de la lista para los líderes del euro, aunque debería ser el primero.

Solidaridad. A corto plazo, sólo hay una institución capaz de conseguir que la zona euro se libere de las dudas de los especuladores, atenuadas estos días por la perspectiva de un acuerdo. No es nueva, no tiene por qué ser reformada en un tratado para poder actuar y  siempre ha estado ahí. Se trata del Banco Central Europeo. El BCE, que sólo es independiente sobre el papel, está tan influenciado por Alemania como las cumbres de líderes de la UE. Sus objetivos no difieren demasiado, ya que Alemania es siempre el jugador con más fichas en la casa de apuestas. Berlín, como primera potencia del euro, exige austeridad a cambio de relajar su oposición a los ayudar a sus socios y reforzar el fondo de rescate. El actual no tiene fondos y el futuro es sólo una promesa. Ambos serán objeto de discusión durante la cumbre. El BCE exige austeridad (y para prueba las cartas de este verano a Berlusconi y Zapatero) a cambio de comprar deuda masivamente.

Responsabilidad. Bien entendida, comienza por uno mismo. El endeudamiento excesivo no es de izquierdas ni de derechas, sino una amenaza mientras dependa de la buena disposición de los inversores. Al fin y al cabo, la única razón de ser de los especuladores no es financiar patrióticamente a países sino simplemente ganar dinero. Sin embargo, el endeudamiento (público, como el griego o el italiano, o privado como el español) está ahí y tardará en reducirse. Bien entendida, la responsabilidad no sólo consiste en no tener deudas enormes, sino en evitar que te acaben tumbando cuando ya las tienes. En ese sentido, la deriva alemana está poniendo en riesgo el crecimiento necesario para devolver lo que se debe o propuestas como los eurobonos, un escudo contra la especulación tan efectivo como poco probable a corto plazo.

Llegados a este punto… ¿dónde encajan los tratados? Aunque las discusiones sean muy apasionadas en Bruselas, su razón de ser es más mundana: intereses nacionales y electorales. “Los tratados se utilizan para un fin, no son la sustancia, no son lo más importante”, recuerda un alto diplomático comunitario. “Pero para Alemania, exigir un gran cambio en el tratado es muy sexy, es un dogma político. Imagínate a la canciller entrando en el Bundestag asegurando que ha conseguido cambiar el protocolo 12. Todo el mundo se reiría”, señala. No ocurriría lo mismo con un cambio de tratado, que los votantes recordarían a la hora de votar en las elecciones generales de 2013. Merkel, la canciller que hizo a Europa alemana. “Francia, por otro lado, es perversa. Sarkozy quiere refundar Europa antes de sus elecciones presidenciales y exige un tratado nuevo y sólo para los 17 países del euro. ¿Pero cómo se articularían los sistemas de votación que proponen Merkel y Sarkozy? ¿Cómo se implicaría al Tribunal de Justicia europeo? Los dos elementos caerían por su propio peso”, añadió.

La fórmula legal que finalmente se adopte es en realidad un traje a medida de la Europa que viene. Los servicios jurídicos de las instituciones son expertos en su confección. En la Europa que viene, un país o sus bancos podrían ser apoyados o no por sus socios de la unión monetaria, un barco con muchos camarotes ante un mismo iceberg. En la Europa que viene, los derechos de los ciudadanos o el modelo de bienestar europeo podrían sufrir o no un gran ataque. Eso es lo que realmente está en juego.