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Jóvenes, Europa no puede arreglarlo todo

Barnier

-¿Qué motivo tiene un joven español para creer en Europa? ¿Qué le dice a los que no encuentran trabajo?

Lo primero que les diría es que no se puede pedir a Europa que lo arregle todo. No somos una nación europea, no hay un pueblo europeo. Hay pueblos nacionales con identidades y reglas. La aspiración [de la UE] de paz y democracia ha sido llevada a cabo. Muy cerca de nosotros, donde no hay UE, como en los Balcanes, a menudo hay guerras y muy poco habitualmente democracia. Les digo a los jóvenes: utilizad este espacio que es la UE para estudiar, visitad distintos países, vivid experiencias, cread una empresa, aprovechad el mercado de 500 millones de consumidores. Les pido a los jóvenes que vean el resto del mundo: es frágil, inseguro, inestable. ¿Cómo podemos defender nuestros valores en el mundo si nos replegamos en nuestras fronteras? Si no estamos juntos, dejaremos de existir.

Entrevista a Michel Barnier, aspirante a presidir la Comisión Europea. Más, aquí


Grecia: Es el sistema, estúpido

No se necesitan más juegos o ciencia ficción, pero ¿qué tipo de revolución?

Reprofiling, roll over, soft restructuring, credit event o selective default son sólo algunos de los términos de difícil traducción, tanto a un idioma que no sea el inglés como a un lenguaje comprensible. Con matices, todos se refieren a lo mismo: la participación de la banca (griega, alemana o francesa) en el segundo rescate de Grecia. Un año después del primero, los 17 ministros de Economía de la zona euro se han dado cuenta de que exigir a Grecia que desmonte el Estado para rebajar el déficit no es sino una tirita para una herida mucho más grande. Todos los países desarrollados refinancian su economía a través de la deuda pública. De esa manera, atan su supervivencia al termómetro de su prestigio en los mercados financieros que regularmente les prestan dinero.

Ni toda la austeridad impuesta a Grecia (reducción del gasto y privatizaciones que ascienden a 50.000 millones de euros) ha restablecido su imagen como para regresar el año que viene a la refinanciación totalmente privada, un agua de la que desde el año pasado Atenas no bebe gracias a los 110.000 millones de la Unión Europea y el FMI. En buena medida por la irresponsabilidad de los políticos de toda una década, Grecia rozará este año un volumen de deuda equivalente al 160% de su PIB, acercándose al triple de lo que en teoría permite la UE (un 60%). La española, de las más bajas, se situará en el 68%, mientras que la de Alemania rondará el 82%, según  los cálculos de la Comisión Europea.

Tras un año de rescate hay una conclusión clara: ha fracasado la lluvia de millones a cambio de austeridad, que ha logrado el objetivo opuesto al inicialmente previsto. El crecimiento de Grecia se hunde y los inversores no quieren ni oir hablar de invertir en un país que vive un clima de cisma político y social. ¿Qué más se puede hacer ahora?

¡Que paguen los bancos! Se ha demostrado que el sector financiero ayudó a Grecia a multiplicar su deuda al tiempo que malversaba sus estadísticas. Cuando comenzaron las dudas, se benefició imponiendo unos tipos de interés más altos a sabiendas de que si Grecia no pagaba, la zona euro lo haría. Se trata, sin duda, de la opción más lógica. Que la crisis no la paguen los ciudadanos, por muy malos dirigentes a los que hayan elegido, sino los bancos que la azuzaron. Cuenta con dos apoyos aparentemente contradictorios. El de la izquierda europea sin responsabilidad de gobierno y la derecha más poderosa del continente: la que manda en Alemania y los países nórdicos.

Pero el viaje ideológico de Angela Merkel y los países nórdicos no les conduce precisamente a la izquierda. Por desgracia, esas metamorfosis suelen ocurrir sólo en un sentido: el inverso. Defender un rescate, aunque esté en juego el euro, cuesta muchos votos en Alemania, el país más grande de la UE y por tanto el que más contribuye en términos absolutos. Suecia, Finlandia o Holanda asisten a la popularidad de nuevos partidos, más a la derecha y con alergia de Bruselas y sus eurorrescates. Esas nuevas formaciones políticas han acabado determinando la formación de varios Gobiernos. Por eso Merkel se opuso el año pasado al primer rescate de los griegos (esos vagos que se jubilan a los 50, como llegó a decir la prensa de su país) y por acabar cediendo perdió varias elecciones regionales clave.

Al otro lado está el BCE, que de tanto inyectar liquidez a unos bancos europeos enfermos y de tanto comprar deuda se ha convertido en todo un riesgo, un contenedor de problemas de otros. También está Francia, aunque tímidamente y siempre mirando de reojo a la cancillería en Berlín, y otros países, entre los que están los acosados por los mercados: Portugal, España, Italia o Bélgica.

¿Por qué se opondría un país castigado por la desconfianza de los mercados a que sus principales actores dejen de recibir en los plazos previstos su lucrativa inversión en Grecia? La respuesta está en que, pase lo que pase, siempre gana la banca. En otras palabras: el libre mercado ha sido tan libre que ha dejado de ser un mercado en el que rige la sana fijación de precios. Intentar pararlo ahora, según el BCE o la Comisión Europea, sería tan ingenuo como irresponsable a corto plazo. Las agencias de calificación de riesgos, esas que miraron para otro lado cuando se gestaba la crisis financiera, alertan de que incumplir los contratos de los bonos de deuda para retrasar su vencimiento u obligar a que los bancos no huyan de Grecia sería considerado como una quiebra encubierta. Si el segundo rescate de Grecia es percibido de esa manera, alertan, la primera perjudicada será de nuevo Grecia. Se produciría una estampida de inversores de todos modos, dicen. En menor medida, huirían de los países en apuros que todavía se refinancian en los mercados. España, por sus propios problemas, quedaría a un paso del abismo. Con España, toda la zona euro.

Sin embargo, hasta las agencias de calificación y la City londinense (y toda esa prensa escrita en un idioma no oficial en la zona euro), ven como inevitable esa reestructuración. La explicación es una vez más que la banca siempre gana. Las dudas sobre Grecia se han cronificado tanto que los inversores se han cubierto con multimillonarios seguros de impago (o CDS), unos productos ausentes de toda regulación y altamente especulativos.

Con todos estos intereses en juego se debate estos días qué hacer con Grecia. La solución debe contentar a la opinión pública alemana (de la que depende Angela Merkel), a las agencias de calificación, a los países afectados y garantizar la estabilidad de los bancos a los que, nos guste o no, la zona euro se ha venido sometiendo sin posibilidad de rebelión inmediata. Sólo hay una conclusión clara. Los indignados y el movimiento 15-M parecen haberla asumido. Un “así, no”, bastante general y poco concreto que más allá de todos estos detalles se ha revelado como la (casi) única verdad incontestable. El problema no reside sólo en la irresponsabilidad de los políticos griegos, o sólo en la codicia de los especuladores, en la tacañería cultural de unos alemanes hartos de pagar o en el “todo es posible” de burbujas inmobiliarias. No es responsabilidad sólo de un actor concreto. El problema podría residir (y de ahí su complejidad) en la podedumbre del las hondas raíces del sistema.


El estrecho contacto de Ashton

Ashton y Clinton, durante la entrevista

Que la BBC crea que el titular de una entrevista de media hora a Catherine Asthon y Hillary Clinton sea que ambas hablan de vez en cuando sobre sus compras personales podría resultar frívolo o incluso machista. Pero no lo es, porque esa frase es lo más llamativo de la entrevista y probablemente lo más importante

Clinton estaba muy cómoda en una entrevista en la que no tenía ningún mensaje que trasladar. En el final de una gira por Europa en la que el plato fuerte estaba en la OTAN, la secretaria de Estado se tomó el encuentro como quien se toma un café. Por otra parte, Clinton está de vuelta de casi todo y tiene ya poco que demostrar (y menos en Europa), más allá de guardar sus energías para sus prioridades políticas.

Ashton mantenía la misma actitud, quizás sin tener en cuenta que su puesto está más devaluado que el yuan (pese a ganar importancia legal) desde que ella lo asumió. Ashton nunca se arriesga. Nunca se moja, no vaya a ser que reciba alguna llamada de París o Berlín. A Ashton le apetece más hablar de compras con Hillary, además de todos los demás asuntos sujetos a un “constante tráfico” comunicativo entre las dos políticas. Eso sí, no sabemos en qué gastan exactamente tanto teléfono ni con qué resultados concretos.

Ashton ha asumido a la perfección la máxima de los portavoces de la Comisión Europea, que cuando no tienen respuesta ante un conflicto siempre reivindican que el comisario de turno “sigue muy de cerca la situación” y “está en contacto muy estrecho” con quien corresponda. Sin embargo, un contacto muy estrecho no implica resultados políticos. Para eso hace falta algo más.


La nueva e inminente Comisión Europea

La última foto de familia, desfasada desde hace unos meses, con los comisarios que seguirán.

La última foto de familia, desfasada desde hace unos meses, con los comisarios que seguirán.

El presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, lleva dos días reuniéndose con sus nuevos comisarios. Quizás explicándoles dónde está la máquina de café y a quién hay que llamar en caso de quedarse atrapados en el ascensor. Tras la designación por los 27 de su elegido, la distribución de las carteras es inminente, según confirmaron hoy varias fuentes. Reserva en todas las quinielas la cartera de Competencia para España y Joaquín Almunia, como supimos esta semana.

Será una Comisión más fuerte porque Barroso se crece en el nuevo mapa institucional, con un primer presidente del Consejo discreto, Herman Van Rompuy, y una Alta Representante, Catherine Ashton, sin experiencia internacional y que ha estado el último año a las órdenes del portugués. Será también una Comisión donde sólo habrá una renovación de la mitad de los comisarios (14 de 27), con una presencia femenina que se queda en un tercio de las sillas de honor de la institución, una más, pero lejos del 50/50 defendido por la vicepresidenta saliente, Margot Wallstrom.

El Berlaymont, sede de la Comisión | (kitty b wonderful)

El Berlaymont, sede de la Comisión | (kitty b wonderful)

Como siempre, los países grandes se llevan buenas carteras, aunque algunos mejores que otras. Salvo cambios de última hora, Alemania se llevará Energía, importante por las reformas a las que obliga el cambio climático y por la dependencia energética de Rusia, con quien Berlín tiene buenas relaciones. Italia seguirá en Transportes, Dinamarca se hará con Cambio Climático o Suecia con Medio Ambiente, mientras que Finlandia podría conseguir Asuntos Económicos, la actual cartera de Almunia.

Hoy, sólo Michel Barnier, el comisario francés, parece no tener cerradas sus competencias, deseoso como está Sarkozy de tener poder en la reglamentación de mercados financieros para luchar contra la supremacía de la City londinense.

Diplomáticos españoles aseguran, no sin cierto desasosiego, que la presidencia Española será ‘más corta’ por el retraso acumulado en el nombramiento de los comisarios, que minará la agilidad de una agenda europea diseñada por Zapatero pero que pocos todavía conocen con exactitud.

Todos los comisarios, incluida la británica Ashton, deben ser ratificados por el Parlamento, tras largas audiencias que en enero podrían tumbar a algún comisario. Sin ir más lejos, a Barroso sus señorías le obligaron a retirar a dos comisarios en 2004, entre ellos el extremista Buttiglione.