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Grecia: Es el sistema, estúpido

No se necesitan más juegos o ciencia ficción, pero ¿qué tipo de revolución?

Reprofiling, roll over, soft restructuring, credit event o selective default son sólo algunos de los términos de difícil traducción, tanto a un idioma que no sea el inglés como a un lenguaje comprensible. Con matices, todos se refieren a lo mismo: la participación de la banca (griega, alemana o francesa) en el segundo rescate de Grecia. Un año después del primero, los 17 ministros de Economía de la zona euro se han dado cuenta de que exigir a Grecia que desmonte el Estado para rebajar el déficit no es sino una tirita para una herida mucho más grande. Todos los países desarrollados refinancian su economía a través de la deuda pública. De esa manera, atan su supervivencia al termómetro de su prestigio en los mercados financieros que regularmente les prestan dinero.

Ni toda la austeridad impuesta a Grecia (reducción del gasto y privatizaciones que ascienden a 50.000 millones de euros) ha restablecido su imagen como para regresar el año que viene a la refinanciación totalmente privada, un agua de la que desde el año pasado Atenas no bebe gracias a los 110.000 millones de la Unión Europea y el FMI. En buena medida por la irresponsabilidad de los políticos de toda una década, Grecia rozará este año un volumen de deuda equivalente al 160% de su PIB, acercándose al triple de lo que en teoría permite la UE (un 60%). La española, de las más bajas, se situará en el 68%, mientras que la de Alemania rondará el 82%, según  los cálculos de la Comisión Europea.

Tras un año de rescate hay una conclusión clara: ha fracasado la lluvia de millones a cambio de austeridad, que ha logrado el objetivo opuesto al inicialmente previsto. El crecimiento de Grecia se hunde y los inversores no quieren ni oir hablar de invertir en un país que vive un clima de cisma político y social. ¿Qué más se puede hacer ahora?

¡Que paguen los bancos! Se ha demostrado que el sector financiero ayudó a Grecia a multiplicar su deuda al tiempo que malversaba sus estadísticas. Cuando comenzaron las dudas, se benefició imponiendo unos tipos de interés más altos a sabiendas de que si Grecia no pagaba, la zona euro lo haría. Se trata, sin duda, de la opción más lógica. Que la crisis no la paguen los ciudadanos, por muy malos dirigentes a los que hayan elegido, sino los bancos que la azuzaron. Cuenta con dos apoyos aparentemente contradictorios. El de la izquierda europea sin responsabilidad de gobierno y la derecha más poderosa del continente: la que manda en Alemania y los países nórdicos.

Pero el viaje ideológico de Angela Merkel y los países nórdicos no les conduce precisamente a la izquierda. Por desgracia, esas metamorfosis suelen ocurrir sólo en un sentido: el inverso. Defender un rescate, aunque esté en juego el euro, cuesta muchos votos en Alemania, el país más grande de la UE y por tanto el que más contribuye en términos absolutos. Suecia, Finlandia o Holanda asisten a la popularidad de nuevos partidos, más a la derecha y con alergia de Bruselas y sus eurorrescates. Esas nuevas formaciones políticas han acabado determinando la formación de varios Gobiernos. Por eso Merkel se opuso el año pasado al primer rescate de los griegos (esos vagos que se jubilan a los 50, como llegó a decir la prensa de su país) y por acabar cediendo perdió varias elecciones regionales clave.

Al otro lado está el BCE, que de tanto inyectar liquidez a unos bancos europeos enfermos y de tanto comprar deuda se ha convertido en todo un riesgo, un contenedor de problemas de otros. También está Francia, aunque tímidamente y siempre mirando de reojo a la cancillería en Berlín, y otros países, entre los que están los acosados por los mercados: Portugal, España, Italia o Bélgica.

¿Por qué se opondría un país castigado por la desconfianza de los mercados a que sus principales actores dejen de recibir en los plazos previstos su lucrativa inversión en Grecia? La respuesta está en que, pase lo que pase, siempre gana la banca. En otras palabras: el libre mercado ha sido tan libre que ha dejado de ser un mercado en el que rige la sana fijación de precios. Intentar pararlo ahora, según el BCE o la Comisión Europea, sería tan ingenuo como irresponsable a corto plazo. Las agencias de calificación de riesgos, esas que miraron para otro lado cuando se gestaba la crisis financiera, alertan de que incumplir los contratos de los bonos de deuda para retrasar su vencimiento u obligar a que los bancos no huyan de Grecia sería considerado como una quiebra encubierta. Si el segundo rescate de Grecia es percibido de esa manera, alertan, la primera perjudicada será de nuevo Grecia. Se produciría una estampida de inversores de todos modos, dicen. En menor medida, huirían de los países en apuros que todavía se refinancian en los mercados. España, por sus propios problemas, quedaría a un paso del abismo. Con España, toda la zona euro.

Sin embargo, hasta las agencias de calificación y la City londinense (y toda esa prensa escrita en un idioma no oficial en la zona euro), ven como inevitable esa reestructuración. La explicación es una vez más que la banca siempre gana. Las dudas sobre Grecia se han cronificado tanto que los inversores se han cubierto con multimillonarios seguros de impago (o CDS), unos productos ausentes de toda regulación y altamente especulativos.

Con todos estos intereses en juego se debate estos días qué hacer con Grecia. La solución debe contentar a la opinión pública alemana (de la que depende Angela Merkel), a las agencias de calificación, a los países afectados y garantizar la estabilidad de los bancos a los que, nos guste o no, la zona euro se ha venido sometiendo sin posibilidad de rebelión inmediata. Sólo hay una conclusión clara. Los indignados y el movimiento 15-M parecen haberla asumido. Un “así, no”, bastante general y poco concreto que más allá de todos estos detalles se ha revelado como la (casi) única verdad incontestable. El problema no reside sólo en la irresponsabilidad de los políticos griegos, o sólo en la codicia de los especuladores, en la tacañería cultural de unos alemanes hartos de pagar o en el “todo es posible” de burbujas inmobiliarias. No es responsabilidad sólo de un actor concreto. El problema podría residir (y de ahí su complejidad) en la podedumbre del las hondas raíces del sistema.