Sólo nos cuentan la receta a medias

Portada de Público de este domingo

¡Necesitamos empresas competitivas como las de Alemania! ¡Necesitamos la flexiseguridad en el mercado laboral que funciona en Dinamarca! En teoría, suena bien, porque se trata de mejorar nuestro sistema laboral y hacerlo más eficiente. Pero en ningún momento hablamos de las otras patas de esos modelos: la importancia de los sindicatos en la marcha de las empresas en Alemania o el sistema impositivo de Dinamarca, que pone en manos del Estado ingentes recursos para educar a y ofrecer formación contínua a los trabajadores e invertir en los sectores productivos. Con una crisis por medio, las propuestas diseñadas en la Unión Europea acaban aplicando sólo una selección de las recetas, la más peligrosa.

En España, la burbuja inmobiliaria taladró los cimientos de la economía, empujando a toda una generación desde la educación al dinero fácil. Los sectores que pueden hacer competitiva a una economía de un país desarrollado cayeron en el olvido: la I+D, la alta tecnología, la producción de productos avanzados y el conocimiento. Sólo con inversión en esos sectores se logrará un cambio del modelo productivo que favorezca el crecimiento y la creación de empleo. Y esos brotes verdes no nacen de la noche a la mañana (como las burbujas) o de condiciones más precarias.

El camino elegido ha sido el del acelerador en la reducción del gasto, los nuevos controles de la deuda y el déficit, la bajada de salarios y el refuerzo del poder del empresario. La lógica es simple, la hegemonía es la de siempre. A los inversores financieros no se les puede llevar la contraria, so pena de acabar como Grecia o Portugal. ¡Se trata del libre mercado! A los empresarios que piden más flexibilidad en el despido o la fijación de salarios, tampoco. ¿Quién puede desear con más honestidad que sus empresas prosperen y, con ellas (eso dicen) el país?

En Público dedicamos hoy una amplia cobertura a las manifestaciones que recorrerán España, nacidas del espíritu del movimiento del 15 de marzo, el único que ha conseguido visibilizar un malestar ciudadano y una repulsa intelectual que ningún gran partido político ha sabido plantear. Uno de los artículos, que firmo, trata de explicar las recomendaciones de la Unión Europea cuya puesta en práctica acarrean innumerables riesgos.

Algunas, como el Semestre Europeo o las seis medidas destinadas a frenar la deuda y el déficit, son textos legislativos y vinculantes. Otras, como el Pacto del Euro, son recomendaciones diseñadas directamente por Alemania para el resto de países. Sin embargo, hay miradas que matan, y el Gobierno español ya se apresuró en marzo a presentar una lista de compromisos.

El Pacto del Euro castiga a los trabajdores y el gasto social

Indignadanos, por Baltasar Garzón.


Grecia: Es el sistema, estúpido

No se necesitan más juegos o ciencia ficción, pero ¿qué tipo de revolución?

Reprofiling, roll over, soft restructuring, credit event o selective default son sólo algunos de los términos de difícil traducción, tanto a un idioma que no sea el inglés como a un lenguaje comprensible. Con matices, todos se refieren a lo mismo: la participación de la banca (griega, alemana o francesa) en el segundo rescate de Grecia. Un año después del primero, los 17 ministros de Economía de la zona euro se han dado cuenta de que exigir a Grecia que desmonte el Estado para rebajar el déficit no es sino una tirita para una herida mucho más grande. Todos los países desarrollados refinancian su economía a través de la deuda pública. De esa manera, atan su supervivencia al termómetro de su prestigio en los mercados financieros que regularmente les prestan dinero.

Ni toda la austeridad impuesta a Grecia (reducción del gasto y privatizaciones que ascienden a 50.000 millones de euros) ha restablecido su imagen como para regresar el año que viene a la refinanciación totalmente privada, un agua de la que desde el año pasado Atenas no bebe gracias a los 110.000 millones de la Unión Europea y el FMI. En buena medida por la irresponsabilidad de los políticos de toda una década, Grecia rozará este año un volumen de deuda equivalente al 160% de su PIB, acercándose al triple de lo que en teoría permite la UE (un 60%). La española, de las más bajas, se situará en el 68%, mientras que la de Alemania rondará el 82%, según  los cálculos de la Comisión Europea.

Tras un año de rescate hay una conclusión clara: ha fracasado la lluvia de millones a cambio de austeridad, que ha logrado el objetivo opuesto al inicialmente previsto. El crecimiento de Grecia se hunde y los inversores no quieren ni oir hablar de invertir en un país que vive un clima de cisma político y social. ¿Qué más se puede hacer ahora?

¡Que paguen los bancos! Se ha demostrado que el sector financiero ayudó a Grecia a multiplicar su deuda al tiempo que malversaba sus estadísticas. Cuando comenzaron las dudas, se benefició imponiendo unos tipos de interés más altos a sabiendas de que si Grecia no pagaba, la zona euro lo haría. Se trata, sin duda, de la opción más lógica. Que la crisis no la paguen los ciudadanos, por muy malos dirigentes a los que hayan elegido, sino los bancos que la azuzaron. Cuenta con dos apoyos aparentemente contradictorios. El de la izquierda europea sin responsabilidad de gobierno y la derecha más poderosa del continente: la que manda en Alemania y los países nórdicos.

Pero el viaje ideológico de Angela Merkel y los países nórdicos no les conduce precisamente a la izquierda. Por desgracia, esas metamorfosis suelen ocurrir sólo en un sentido: el inverso. Defender un rescate, aunque esté en juego el euro, cuesta muchos votos en Alemania, el país más grande de la UE y por tanto el que más contribuye en términos absolutos. Suecia, Finlandia o Holanda asisten a la popularidad de nuevos partidos, más a la derecha y con alergia de Bruselas y sus eurorrescates. Esas nuevas formaciones políticas han acabado determinando la formación de varios Gobiernos. Por eso Merkel se opuso el año pasado al primer rescate de los griegos (esos vagos que se jubilan a los 50, como llegó a decir la prensa de su país) y por acabar cediendo perdió varias elecciones regionales clave.

Al otro lado está el BCE, que de tanto inyectar liquidez a unos bancos europeos enfermos y de tanto comprar deuda se ha convertido en todo un riesgo, un contenedor de problemas de otros. También está Francia, aunque tímidamente y siempre mirando de reojo a la cancillería en Berlín, y otros países, entre los que están los acosados por los mercados: Portugal, España, Italia o Bélgica.

¿Por qué se opondría un país castigado por la desconfianza de los mercados a que sus principales actores dejen de recibir en los plazos previstos su lucrativa inversión en Grecia? La respuesta está en que, pase lo que pase, siempre gana la banca. En otras palabras: el libre mercado ha sido tan libre que ha dejado de ser un mercado en el que rige la sana fijación de precios. Intentar pararlo ahora, según el BCE o la Comisión Europea, sería tan ingenuo como irresponsable a corto plazo. Las agencias de calificación de riesgos, esas que miraron para otro lado cuando se gestaba la crisis financiera, alertan de que incumplir los contratos de los bonos de deuda para retrasar su vencimiento u obligar a que los bancos no huyan de Grecia sería considerado como una quiebra encubierta. Si el segundo rescate de Grecia es percibido de esa manera, alertan, la primera perjudicada será de nuevo Grecia. Se produciría una estampida de inversores de todos modos, dicen. En menor medida, huirían de los países en apuros que todavía se refinancian en los mercados. España, por sus propios problemas, quedaría a un paso del abismo. Con España, toda la zona euro.

Sin embargo, hasta las agencias de calificación y la City londinense (y toda esa prensa escrita en un idioma no oficial en la zona euro), ven como inevitable esa reestructuración. La explicación es una vez más que la banca siempre gana. Las dudas sobre Grecia se han cronificado tanto que los inversores se han cubierto con multimillonarios seguros de impago (o CDS), unos productos ausentes de toda regulación y altamente especulativos.

Con todos estos intereses en juego se debate estos días qué hacer con Grecia. La solución debe contentar a la opinión pública alemana (de la que depende Angela Merkel), a las agencias de calificación, a los países afectados y garantizar la estabilidad de los bancos a los que, nos guste o no, la zona euro se ha venido sometiendo sin posibilidad de rebelión inmediata. Sólo hay una conclusión clara. Los indignados y el movimiento 15-M parecen haberla asumido. Un “así, no”, bastante general y poco concreto que más allá de todos estos detalles se ha revelado como la (casi) única verdad incontestable. El problema no reside sólo en la irresponsabilidad de los políticos griegos, o sólo en la codicia de los especuladores, en la tacañería cultural de unos alemanes hartos de pagar o en el “todo es posible” de burbujas inmobiliarias. No es responsabilidad sólo de un actor concreto. El problema podría residir (y de ahí su complejidad) en la podedumbre del las hondas raíces del sistema.


La afganización de Libia

La OTAN planteó la guerra en Libia como una operación quirúrgica, pero Gadafi sigue en el poder

En los pasillos de la OTAN se prepara desde hace varios años en el proceso de afganización de la misión en la que participan los 28 miembros de la Alianza y 20 más. La operación comenzó en 2001 y tras casi una década la OTAN se dio cuenta de que debía transferir el poder a las autoridades de Kabul con dos objetivos: abandonar el país sin más soldados muertos y facilitar que los que se quedan, los mismos de siempre, velen por su propia seguridad sin volver a convertirse en una amenaza,

No parece que ni la amenaza de Robert Gates, el secretario de Defensa de EEUU, que el viernes amenazó con ser el Brutus que asesine a la OTAN con la daga de la pasividad europea, vaya a sacar a la organización atlántica del limbo en el que se encuentra en Libia. Tras tres meses, la OTAN se ha dado tres meses más para hacer lo que nos dijeron que habían hecho en los primeros días: destruir la capacidad que Gadafi supuestamente mantiene para masacrar a su pueblo.

Ahora, el fantasma de Afganistán recorre Libia: el de una guerra emponzoñada sin vencedores ni vencidos que amasa cada vez más descontento social. Se expresa en algunos artículos de opinión:

Con el país dividido, los frentes más o menos estables, los barcos frente a la costa y unos cuantos misiles de vez en cuando, nos podemos pasar una buena temporada, mientras la población que íbamos a proteger sigue sufriendo. A todo esto, ¿cuál era el objetivo? ¿Para qué fuimos a Libia?

Noruega ya ha anunciado que cumplirá con la primera fase de la afganización de Libia: devolver a sus cazas a casa en agosto. La segunda ya ha comenzado. Una multitud de países que reconocen a una oposición con sede en Bengasi de la que no se fían demasiado. La situación de los dos países no es comparable, pero la eficacia de la OTAN, que prometía un aplastamiento de Gadafi en virtud del poderío militar y tecnológico de la organización, sí se parece bastante. Tanto que convierte a la dramática advertencia de Gates en casi una oportunidad.


Mubarak no tiene tiempo para Ashton

La baronesa toca poco la campana. Cuando lo hace, no se le escucha (Foto: Consejo)

La jefa de la diplomacia europea, Catherine Ashton no fue a Haití tras el terremoto del año pasado porque no era “ni médico ni bombero”, según explicó después. Cuando se perdió la vuelta a las negociaciones del proceso de paz entre israelíes y palestinos en Washington, la Alta Representante estaba en China, “en el centro de las negociaciones” entre la Unión Europea y Pekín. Ahora planea viajar a Egipto la semana que viene, pero todavía no sabe si se reunirá con el Gobierno de Mubarak o con los Hermanos Musulmanes, por distintos motivos.

Según un alto diplomático comunitario, el ministro de Exteriores egipcio ha explicado a los funcionarios europeos que es mejor que ningún mandatario extranjero aterrice en El Cairo en este mes porque Mubarak y su nuevo Gobierno tienen “una ocupada agenda interna”. Es posible que el enviado de Rusia para Oriente Medio o el ministro de Exteriores de los Emiratos Árabes, que estuvieron de visita oficial esta semana, se presentaran sin avisar. O que Mubarak tema el firme y claro mensaje de la UE, que ni lo cita en su montaña de sus comunicados. El mismo funcionario, muy al corriente del día a día de Ashton, afirma que la baronesa todavía no sabe si se va a reunir con los Hermanos Musulmanes, uno de los actores clave en el país.

Según un completo análisis de The Economist, Ashton “ha desarrollado una impresionante actitud de refutación” contra las críticas que en privado hace todo el mundo y en público especialmente la Eurocámara. Es probablemente el único poder que le queda tras una decena de blandos comunicados europeos sobre Egipto. Todos llegaron a rebufo de EEUU y en ninguno se sugirió que Mubarak pida un avión con catering para unas horas. Según Ashton, su discreción se debe a que no puede expresar sus ideas propias y a que no tiene dinero y recursos suficientes. Pero la Alta Representante tiene unos poderes inmensamente mayores que los que tenía Javier Solana, al que le bastaba un avión, un móvil y un grupo de periodistas para al menos hacer que su mensaje se escuchara.

Ashton es tan “impresionante” refutando porque tiene pavor a tener que rectificar, a que un ministro pueda discrepar de uno de sus comunicados. Por ese motivo, sus declaraciones nunca son más que el mínimo común denominador y llegan siempre tarde. Nadie podrá acusar a la baronesa, que aterrizó en el cargo sin experiencia y de rebote, de ir más allá de las tesis de los 27 Estados miembros de la UE, a los que se debe. Del mismo modo, nadie podrá decir que la sucesora de Solana trabaja por que la voz de Europa se escuche más en el mundo, como es su obligación, o que llegue a tiempo a las citas con la Historia. Cuando no la plantan.


Las tripas y el lugar de Sortu

Sobran maneras de disparar a la libertad | colinwhite

Dos días después, la gran pregunta sigue sin responder. ¿Sortu, la nueva marca de la autodenominada izquierda abertzale, es una burla? En los tiempos que corren, la pregunta podría planteársele a la credibilidad de todos los partidos. Salvo por una única, pero crucial diferencia. Defender a unas personas matando a otras es una paradoja inasumible.

Este martes compareció ante la prensa en Bruselas Nico Moreno, alcalde de Elorrio (Vizcaya) gracias a los votos de miles de personas que en 2007 apoyaron a Acción Nacionalista Vasca, su partido, y que en mayo probablemente querrán votar por Sortu. Moreno se presentó como representante de la izquierda abertzale, no de Sortu, pero hablaba en primera persona de la nueva formación y la representaba su puesta de largo internacional. Su discurso no se diferencia mucho del de otros partidos nacionalistas vascos y alguno que siguió la comparecencia aseguró haber escuchado “más de lo que había esperado” tan solo unas semanas antes.

Sus palabras estaban muy medidas, muy calculadas y por la oportunidad al pronunciarlas en Bruselas, un día después de la presentación del partido, parecían largamente preparadas de antemano. El propio Moreno aseguró que, salvo maniobras políticas que sobrepasen la Ley de Partidos, el Gobierno tendá muy difícil ilegalizar la nueva formación. Eso, que es algo obvio, parece que cuesta mucho entenderlo. No se puede ilegalizar a un partido por sospechas o presión social. Tampoco se puede exigir que un Gobierno actúe al margen de una ley vigente y ampliamente consensuada sólo porque existan sospechas. Para que Sortu sea legal necesita desmarcarse de la violencia y demostrar que mantiene las intenciones expresadas esta semana. El aparente giro y descontento de la base social de Batasuna puede haber sido un elemento clave. Para ilegalizar al nuevo partido se necesita aplicar la ley y probar que es continuación de Batasuna o que defiende implícita o explícitamente la violencia. Una revisión de la Ley de Partidos permite incluso desalojar de las instituciones a los elegidos si una vez llegados al poder se demuestra que la campaña electoral sólo era una campaña electoral.

Un debate tan emocional como el que se vive estos días en España sólo son malas noticias salvo para quien saca rédito al azuzarlo. En primer lugar, porque implica una desconfianza total en una ley aprobada por consenso, refrendada por el tribunal de Estrasburgo y revisada para endurecerla. A la postre, porque prepara el terreno para el adelantamiento por la derecha de esa ley poniendo en peligro derechos fundamentales, que también podrían ser burlados. El lugar que debe ocupar Sortu no se puede decidir con las tripas, sino con mucho estómago.