Hansel y Gretel: Una hamburguesa de autor en el Teatro Real

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Un supermercado de los grandes, de esos en los que te pierdes tratando de escoger entre quince marcas distintas de cereales, cuando tú lo que quieres es (sólo eso, crees tú) cereales. Todos ponen “nuevo”, “bajo en calorías” o “un 15% más gratis”. En esa promesa de éxtasis capitalista y en su reverso, la miseria y el hambre de los protagonistas, habita Hansel y Gretel, la ópera de Engelbert Humperdinck que se estrenó este martes en el Teatro Real.

La obra tiene mucho de roscón de Reyes y sucede en la cartelera a Muerte en Venecia, el elegante plato deconstruido que causó sensación en diciembre. Hansel y Gretel sabe a piruleta. No en vano es un clásico navideño en Alemania, donde se representa constantemente.

El cuento de los hermanos Grimm, en el que se basó el autor, es un ladrillo más en el edificio del imaginario alemán (la fábula es de 1812 y el estreno de la ópera de 1893). Para la ocasión, se reviste de una escena sofisticada que comienza con una casa destartalada y sucia y acaba con el supermercado atestado de colores y sabores. El contraste le viene muy bien al montaje, una producción del Festival de Glyndebourne.

El director de escena, Laurent Pelly, que ya triunfó recientemente en Madrid con La fille du regiment, es hábil sugiriendo una obra que casa en su primer acto con crisis económica. Los protagonistas tienen hambre, piensan en cómo sería su vida en épocas de bonanza, se pelean por una jarra de leche que se acaba rompiendo. Un gran contraste con los moradores del patio de butacas en un estreno del Real.

Luego viene la exuberancia del supermercado, la tentación, llegar a pensar que se puede disfrutar de tanto por tan poco, como si sobre la atractiva oferta no pendiesen los estrictos plazos de una hipoteca.

Los dos hermanos, encarnados por dos mujeres, no paran de brincar en toda la obra. La mezzosoprano Alice Coote (Hansel) logra el carácter burlón y confiado del personaje. Sylvia Schwartz llega un poco más justa a Gretel, la precabida pero ilusionada niña que ejerce de contrapeso. Su mejor momento vocal estuvo, paradojicamente, en el segundo acto, en la intimidad y quietud de un bosque por la noche.

La bruja, a la que da vida el tenor José Manuel Zapata, apabulla por su presencia y comicidad. Sus aires de travesti, de señorona que gasta colonia barata, sus gestos bruscos y ridículos o sus movimientos sobre el escenario funcionan, por si fuera poco, acompañados de una acertada interpretación musical.

Con Zapata, la obra respira. Gracias a la bruja, el público despierta y ríe con la mandíbula abierta hasta que la malvada desaparece, engullida por el fuego de su horno posmoderno, en un momento teatral demasiado discreto y carente de tensión.

La dirección musical corre a cargo de Paul Daniel, que dirigió una orquesta impetuosa y afanada en el postwagnerismo, pero con desajustes. En más de un momento el foso engulló a los hermanos, quizás exhaustos por el correteo.

Mientras ellos soñaban, se desplegaron pantallas con hamburguesas, patatas fritas, tartas que giran como una noria o batidos de todos los colores. Un momento refrescante en una obra con medidas ambiciones. En un instante, el Teatro Real parecía un monumental McDonalds donde los niños se lo pasan en grande comiendo con la boca abierta. Pero Hansel y Gretel no es un bocado cualquiera.

(Hansel y Gretel se representa en el Teatro Real hasta el 7 de febrero).

Texto publicado originalmente en El Huffington Post.


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