En Bruselas, la influencia es personal

En Bruselas, la influencia es personal. La frase, tomada de uno de tantos manuales de ‘lobby’, define a la perfección la manera de trabajar de entre 15.000 y 20.000 personas en Bruselas. Siempre están en tela de juicio, pero lo cierto es que siempre estarán ahí. Por eso conviene regularlas. En la UE hay un registro público, pero es voluntario y laxo.

Los agentes de lobby suelen gozar de acceso a los funcionarios, con los que celebran reuniones, comidas y foros de debate para que las empresas a las que representan ganen con las directivas comunitarias.

Las instituciones defienden su importancia. Hay grupos de intereses o lobistas de tabaqueras o grandes multinacionales, pero también de ONG o hasta organizaciones religiosas, dicen. Todos quieren participar en el proceso legislativo europeo y, hasta cierto punto, todos tienen ese derecho y lo harán valer. El problema es que, a menudo, las grandes empresas pueden dedicar muchos más recursos a estas inversiones en publicidad. Consecuentemente, más adelante recogen más beneficios.

Su regulación es siempre un caos, fuente de mil debates. Su fama es a menudo negada por los propios lobistas. Piden que se les quite el estigma y defienden un trabajo de análisis interesado pero honesto. No tratan de influir, sino que aseguran contribuir al debate con información contrastada.

La Comisión y el Parlamento Europeo, como vemos en el siguiente vídeo, se dejan querer.

Más información en Brussels Sunshine

Relacionado, un artículo que publicamos hace unos meses, que puede servir como introducción al lobby en Bruselas.


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