“Hay en las personas más cosas dignas de admiración que de desprecio”

Covarrubias

El pasado jueves regresé a uno de los lugares importantes de mi vida. Recuerdo perfectamente cómo le dije a mis padres que quería ser periodista y que quería estudiar en Madrid. Después, gracias a un vecino y amigo, Rafa Yáñez, acabé recalando en el colegio mayor Diego de Covarrubias, de fundación directa de la Universidad Complutense de Madrid.

Diez años después de abandonarlo para seguir mis estudios en Bergen (Noruega) con una beca Erasmus, el actual equipo de dirección me invitó a pronunciar el discurso del acto de apertura del curso académico 2016-2017, que titulé antes de escribirlo “Bienvenidos a la jungla: periodismo y política en la era del desgobierno”. Acabó siendo un relato personal sobre mi paso por el colegio y lo que hice a continuación. Este es el texto completo:

Gracias por la presentación, al colegio, a su director y equipo directivo por invitarme y a todos por venir a escucharme. Sé por experiencia propia que en estos actos a veces se está más por una amable invitación normativa que muchas veces por gusto, así que trataré de hacerlo lo más breve y llevadero posible. Al fin y al cabo, a mí lo que me gusta es preguntar, más que responder. Continúa leyendo


Necesitamos exploradores

Hay dos tipos de retóricas políticas: la del chamán y la del explorador. La primera “se basa en la indignación en la lucha, en soñar con lo imposible”, en Robin Hood contra el sheriff de Nottingham. La del explorador se asienta “en la solidaridad, en el consenso, en soñar con lo posible, en las pequeñas expectativas”. Podrían encarnarla los tres mosqueteros y su precepto básico sería la fraternidad.

Las citas están sacadas de El retorno de los chamanes, el recomendable libro de Víctor Lapuente que concluye que el chamanismo puede ser de derechas o de izquierdas, es más abstracto que práctico, más frentista que pactista y genera “convulsiones teóricas pero poco cambios sustantivos”. Las sociedades avanzan cuando las convicciones se explican sin tantos aspavientos, sin tanto mesianismo o líneas rojas. Avanzamos cuando nos sentamos a negociar lo concreto y estamos dispuestos a dejarnos en casa los odios volcánicos y las aspiraciones de máximos.

El año 2015 iba a ser el gran año del cambio en España. Lo ha sido en muchos aspectos. Sin embargo, tras pasar por “las urnas de la ira” (como a veces concebimos las urnas, según Lapuente), el resultado nos ha dejado más bien pocas certezas para comenzar este 2016. Para empezar, no sabemos si 2016 será de nuevo el gran año del cambio y se celebrarán unas nuevas elecciones. En este 2015 me he implicado con más o menos intensidad en la cobertura de cinco convocatorias electorales. Las griegas de enero centraron mi primer artículo en El Español, el 24 de enero. Después llegaron las andaluzas, las autonómicas y municipales, las catalanas y  finalmente las generales, en cuya campaña me encomendaron seguir al PSOE. Todas fueron elecciones importantes y repolitizadoras en el buen sentido, aunque haya tenido la sensación de vivir un constante partido del siglo, esas citas que son absolutamente decisivas hasta que se celebra la siguiente, que además suele tocar por calendario.

El chamanismo no es más que una sofisticación política de la soberbia. Y la soberbia es muchas veces una indeseable y poco consciente reacción a la inseguridad y a la incertidumbre. De todo esto hay mucho en la política, pero también en los medios de comunicación y, cómo no, en lo más íntimo de cada uno. Discernirlo con claridad no es tan fácil, pero para avanzar y aprender resulta imprescindible.

Haciendo balance de este 2015 me doy cuenta de que los artículos de los que más satisfecho me siento son los que explican algo concreto (una persona, un momento, una idea) o aterrizan algo abstracto para que ruede por la pista de lo accesible. Aunque todas las historias tengan un titular, pretenden contribuir a la explicación honesta y subjetiva de un bien tan maleable como la porción de realidad de la que soy testigo. No todas revientan el contador de visitas (aunque un puñado están entre las 50 más leídas), pero creo que la mayoría cumplen una función independientemente de la métrica cuantitativa.

Ha sido un año de grandes cambios en lo profesional. No hace tanto (aunque parezca más) derramé más de una lágrima al decir hasta luego a los amigos de El Huffington Post. Dije hola a El Español, que entonces cabía en un despacho pequeño en la avenida de Burgos, y contribuí a fundar un nuevo medio de comunicación con una alta exigencia y un equipo humano y profesional excepcional. Desde entonces he publicado muchos artículos, incluyendo alguna exclusiva, he visto buen teatro, he ido a tertulias en la televisión y en la radio, he moderado un debate electoral, he viajado, asistido a bodas de buenos amigos y hasta he grabado un disco.

Estas son algunas de las historias con las que he explorado en el 2015. En muchas me han acompañado compañeros excepcionales, tanto en la redacción, como en la fotografía o la edición. Confío en que, si te animas a leerlas, te aporten algo para el año que empieza:  Continúa leyendo


Vivir o sucumbir en el Teatro Real

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Qué: El Público, de Mauricio Sotelo. Ópera en el Teatro Real de Madrid. Del 24 de febrero al 13 de marzo. Director musical: Pablo Heras-Casado.

Por qué hablo: Porque es un estreno mundial (la música es inédita), porque está basada en una obra de Federico García Lorca y porque une la música contemporánea con el flamenco.

Texto originalmente publicado en El Español.

“¿Qué piden? Piden la muerte del Director de escena”. Quien haya tenido mala suerte, quien alguna vez haya estrellado su ilusión y su dinero contra un espectáculo ininteligible conoce bien el sentido amargo de estas palabras. Se escucharon este martes en el Teatro Real, pero eran parte del espectáculo. El Público, la obra de Federico García Lorca, renacía como ópera para hermanar el flamenco con la música contemporánea. Fue una de esas noches excepcionales por la escasísima frecuencia con la que suceden. Un estreno mundial, con el compositor vivo y saludando en la sala. Los espectadores (los que se quedaron hasta el final, al menos) agradecieron con entusiasmo la apuesta valiente de Gerard Mortier, el director artístico que encargó la obra, a pesar de sus altibajos.

El Público gira en torno al amor entre un director de teatro, Enrique, y su amante, Gonzalo. La acción transcurre en medio de la alocada representación de Romeo y Julieta, de Shakespeare, que sirve como excusa para una reflexión onírica sobre las apariencias, los límites de la realidad, el deseo y el amor incomprendido. Es un texto incompleto, escrito por Lorca en 1930 y cuya versión definitiva probablemente se haya perdido en los años convulsos que precedieron a su asesinato en 1936.

El Público Teatro Real

Una ópera flamenca

El compositor de la música, Mauricio Sotelo, mezcla hábilmente música clásica contemporánea (orquestal y vocal) con flamenco. Es uno de los innegables atractivos de la obra, que se inscribe en ese casi inexistente género de la ópera española. En el escenario conviven artistas de distinto pelaje: cantantes líricos germanos con cantaores que no leen música pautada. Con el pecho descubierto, los cantaores Arcángel y Jesús Méndez irrumpen en la escena en forma de caballos blancos, con largas crines y pezuñas en los pies apoyadas en tacones de aguja.

En el foso, elevados sobre dos plataformas, un guitarrista flamenco (Juan Manuel Cañizares) y un percusionista (Agustín Diassera), transforman al tantas veces adusto Teatro Real en un emocionante tablao. En otros momentos, una soprano coloratura o un bajo barítono interpretan tenebrosas arias acompañados por una orquesta especializada, venida para la ocasión desde Viena (Klangforum Wien).

Para algún cultivado espectador, la línea vocal compuesta para los cantantes líricos fue monótona y sin audacia y alimenta el tópico simplista de que la música contemporánea es un tostón. Pero hay pasajes con sustancia y dirección y algunos guiños en las referencias a la música tonal conocida por todos, como el posible reflejo de las Las bodas de Fígaro.

Pablo Heras-Casado dirige con autoridad a la orquesta y a los cantantes, entre los que destacan José Antonio López, el barítono que hace de director, la joven y muy prometedora soprano Isabella Gaudí y los cantaores flamencos. La pasión y la precisión de Heras-Casado resultan imprescindibles para que el espectáculo aguante pese a su complejidad. Así se le fue reconocido al terminar la función en su camerino, donde recibía abrazos empapado en sudor y acompañado por sus padres emocionados.

La música procede literalmente de todas partes. Desde el foso, donde está la orquesta, con presencia destacada de la percusión (y hasta un contraforte), hasta las entrañas del propio teatro. Una colección de altavoces se reparten por la sala, recorrida en ocasiones de lado a lado por sonidos que parecen salidos de una película de ciencia ficción.

Una escena muy desigual

El PúblicoPero la ciencia ficción, o la película de terror, está en la escena. Su responsable, Robert Castro, se sirve junto al escenógrafo Alexander Polzin de imágenes muy impactantes pero poco eficaces. A la obra le sobran efectos y le falta una buena dramaturgia, un argumento escénico que ayude a comprender el surrealismo de Lorca, no que lo complique.

La obra mejora en la segunda parte, en la que se recrea la crucifixión de Gonzalo y una procesión a oscuras, además de un juego de espejos que muestra al público (el del Real), reflejado en el escenario. Los caballos, que representan quizás el deseo, también están muy logrados.

En conjunto, un poco de pedagogía hubiera hecho más fácil el esfuerzo de “entender no entendiendo”, la frase de San Juan de la Cruz que a menudo usa Sotelo. Hubiera sido útil para metabolizar las metáforas lorquianas y algunas frases nada obvias (“El ano es el castigo del hombre”, “La primera bomba de la revolución barrió la cabeza del profesor de retórica”). Al fin y al cabo, el disfrute de una ópera no puede ser una cuestión de fe. Debe ser algo sensorial, una conexión emocionante y empírica.

Más allá de algunos fallos, como la pronunciación de alguno de los cantantes extranjeros (¿hay alguna ópera donde tenga más sentido explotar el talento español?) o desajustes puntuales en la amplificación, que por lo demás no resultó efectiva, la ópera merece la pena.

Pese a que tras el descanso la zona noble del teatro quedase en parte despoblada tras la pausa (algo que pasa de vez en cuando en los estrenos), a El Público hay que reconocerle la osadía intelectual de crear algo tan complejo, que requiere tanto trabajo, como una ópera en la España de 2015.

El Público hace suya una de las frases culmen del poeta granadino, seguramente compartida por Mortier cuando encargó la obra. “Hay que destruir el teatro o vivir en el teatro”. Con todas las consecuencias.

Fotografía: Javier del Real (Teatro Real)

Además: “Pablo Heras-Casado, el director de los sentidos”


El director de los sentidos

Pablo Heras-Casado dirige sin batuta, dejó el conservatorio a medias y lleva orquestas en Londres, Friburgo o Nueva York porque no hay repertorio que se le resista. Ahora estrena ‘El Público’ en el Teatro Real, una ópera basada en una obra de Lorca. Para él, música es “emoción”, “comunicación” y “trabajo”.

Pablo Heras-Casado

Pablo Heras-Casado empezó en la música desde abajo y por instinto. En su familia nadie toca un instrumento. Pero “con dos años ya hablaba perfectamente e incluso cantaba”, recuerda orgullosa su madre, Carmen. Un poco antes de cumplir los ocho, madre e hijo se apuntaron a un coro de aficionados en su Granada natal. Con el tiempo, Carmen lo acabó dejando y a su hijo le picó el gusanillo por la dirección. Se pasó al otro lado y empezó a guiar a sus amigos a través de la música antigua, el repertorio que lo enamoró desde el principio. Él lo hacía todo. Reunía a los cantantes, buscaba las partituras, hacía la promoción de los conciertos.

(Así comienza el primer gran perfil que publicamos en El Español. Puedes leerlo entero -y disfrutar de las fotos de Dani Pozo- aquí)


Un pedacito de Broadway en Madrid

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Por unas horas, el Teatro de la Zarzuela ensanchó sus caminos musicales y se convirtió en franquicia de Broadway. Como si el gotelé de las paredes hubiese sido sustituido por una nueva mano de pintura y estuviese aún fresca. Como si se hubiesen renovado los baños. El programa doble acercaba al espectador a dos obras en teoría alejadas, pero que casan a la perfección en favor del sacramento del hedonismo, que hace reir y rejuvenece a los teatros.

Primero, Lady, be good, un musical escrito por los hermanos George e Ira Gershwin y nunca estrenado en España hasta ahora. Después del descanso, Luna de miel en el Cairo, de Francisco Alonso, una obra estrenada como opereta en 1943, pero que en realidad es más bien una revista, la comedia musical popular que hizo furor en los años 20 y 30. Las dos son un lío de amores y enredos. El musical incluye el tonteo entre personajes ricos y pobres (todos con mucho descaro), emigrantes retornados y viudas que se hacen pasar por mexicanas chapurreando español. Luna de miel en El Cairo muestra a una compañía de teatro de poca monta para entremezclar tramas de los actores y de los personajes a los que interpretan. Sin llegar al nivel del Birdman de Alejandro González Iñárritu que se ve estos días en las salas de cine, pero tampoco tan lejos.

Programarlas juntas es un acierto, probablemente con la firma de Paolo Pinamonti, el director del teatro, al que le va la marcha y le gusta combinar títulos de toda la vida (y la Zarzuela es un teatro de toda la vida con público de toda la vida) con apuestas más innovadoras. La combinación dignifica al título español.

El musical de Gershwin tiene peso específico y cuenta con el morbo de un estreno en España, aunque sea 72 años después de su aparición en el Liberty Theatre de Nueva York. La interpretación y la puesta en escena son correctas pese a un reparto que en sus voces femeninas no está muy acertado y a que la orquesta se come a los cantantes demasiado a menudo. Aporta el exotismo del inglés en un teatro de zarzuela y el color de los Gershwin, siempre refrescante.

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Sin embargo, la revista española se sacude sin miedo de su vinculación temporal, que la inscribe en la atroz posguerra. Así, exhibe sin pudor todo tipo de guiños sexuales y muestra sin tapujos a dos personajes homosexuales, como si quisiera desafiar a la extinta censura que difícilmente hubiera permitido tal montaje. Las voces son mejores, especialmente la de Ruth Iniesta, verdadera estrella en lo vocal. La soprano Mariaola Cantarero es memorable por su comicidad y su actuación es desternillante. La obra en sí tiene incluye muchas gracietas y chistes facilones que si se mira al conjunto liman la belleza de algunos números musicales, pero arrancan no pocas carcajadas en el patio de butacas.

La puesta en escena es de Emilio Sagi, que fuera director artístico del Teatro Real y un veterano en las lides. Se adapta al musical, pero mejora con la revista, en especial con el ensayo del final del primer acto, un momento íntimo y original (un montón de globos azules sirven de telón) o el carnaval en el que se convierten los números del final en países lejanos de la España de la década de 1940.

El personaje de Marisa (María José Suárez), la sastre de la compañía de teatro, se marca una breve pero pertinente reflexión sobre la fugacidad de la fama en el teatro, aplicable a las artes escénicas en general. Unos días estás arriba, pero en un suspiro te haces mayor y ya no te llaman, ya no brillas. Pero la Zarzuela sí brilló con estas dos producciones entrelazadas. Aunque sólo sea por la fiesta de la intrascendencia o la calidez envolvente del musical que ha mitificado Broadway.

La ficha

QuéLady, be good! / Luna de miel en El Cairo (programa doble). Teatro de la Zarzuela. Lady, be good, musical con música y letra de George e Ira Gershwin. Luna de miel en el Cairo, opereta-revista con música de Francisco Alonso. Dirección musical: Kevin Farrell. Dirección de escena: Emilio Sagi. Orquesta de la Comunidad de Madrid y Coro del Teatro de la Zarzuela.

Por qué: Lady, be good es un estreno en España y fue creado por uno de los mitos de la música del silo XX en EEUU: George Gershwin. Su propuesta como programa doble con Luna de miel en El Cairo, estrenada en los años más duros del franquismo (1943), permite entrelazar dos géneros a priori muy distanciados por tradición y contexto sociopolítico. Un director experimentado y extranjero como Kevin Farrell para una zarzuela es sugerente (y para el musical, un valor añadido). La dirección de escena corre a cargo de un clásico: Emilio Sagi.

Fotos: Lady, be good y Luna de miel en el Cairo (Teatro de la Zarzuela)


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