Hablábamos de un sueño llamado Barcelona

Vista del mar desde la Barceloneta, este mes de noviembre.

Barcelona fue importante en mi vida mucho antes de lo que lo fue Madrid. Parte de mi familia emigró a Barcelona buscando oportunidades, como décadas antes lo había hecho otra, pero a América. En Barcelona encontró la tierra de oportunidades que buscaba y contribuyó a multiplicarlas moldeándola con su esfuerzo, como hicieron miles de personas venidas de fuera que hace décadas que ya no se sienten extranjeros.

Barcelona fue siempre en mi cabeza un icono de modernidad, la ciudad más cosmopolita de España y un ejemplo de éxito que merecía la pena seguir. Fue un poco mía desde pequeñito y la integré, ya voluntariamente, en mi mapa de coordenadas mientras me hacía mayor, no como una agradable realidad ajena sino como parte de mi propia identidad.

“¡Ese país ideal no existe!” “Existirá, Maria Aurèlia, existirá”. El optimista es Pasqual Maragall, alcalde de Barcelona y después president de la Generalitat, y se lo dice a su concejal de cultura en 1984, Maria Aurèlia Campmany, en la obra de teatro Parlàvem d’um somni (Hablábamos de un sueño), una adaptación de unos diálogos sobre Barcelona y Cataluña que ambos tuvieron en el principio del mandato del entonces joven alcalde, enfundado en su mítica gabardina un par de tallas más grande que su cuerpo. La obra explica cómo ambos soñaban Barcelona y Cataluña, desde dos puntos de vista diferentes. La adaptación de Jordi Coca convierte al texto en un irresistible ejercicio restrospectivo y también de imaginación sobre el futuro.

El diálogo, que se pudo ver hasta hace poco en el Teatre Nacional de Catalunya, muestra a Campmany como a una mujer lúcida, capaz de prever el actual choque de trenes, que según ella es poco menos que un destino histórico de dos sociedades muy diferentes que no quieren entenderse.

Anna Güell y Òscar Intente en la obra, una adaptación de Jordi Coca.

A Maragall lo dibuja como un joven idealista, creyente en “las Españas”, que soñaba con convertir a Barcelona en una de las capitales del mundo. Que quería abrirla al mar e integrar en un proyecto común el área metropolitana, la emergente clase media y la burguesía tradicional. Una Barcelona que explotase su “frondosidad”, como él dice en referencia a una frase de Tierno Galván, para dar sombra en el bosque más amplio que sería España. Una Barcelona que fuese el sueño vanguardista de Cataluña y no una realidad opuesta al resto de la comunidad.

Ambos tenían razón, aunque la obra parezca (quizás interesadamente) dársela al pesimismo ilustrado de Campmany que al idealismo posibilista de Maragall. El gran pebetero de Barcelona 1992, una imagen tan cierta como ahora lejana, sirve como broche a la obra.

La Barcelona que me he encontrado en las semanas que llevo viviendo en la ciudad, cubriendo informaciones para El Español, conserva mucho de lo bueno, pero se ha tornado en una especie de Jerusalén por la que se lucha palmo a palmo. Con banderas que, para colmo, comparten colores.

La situación en la calle es aparentemente normal, pero a poco que se rasque cualquiera se da cuenta de que la ciudad contiene la respiración. Según algunos indicadores, la caída de la actividad económica puede estar en torno al 20 o al 30%, dependiendo del sector. El turismo cae, el consumo también. Menos gente va al teatro. Barcelona, como concepto en el que conviven todas las Cataluñas, sigue buscándose a sí misma. El conflicto social es grave, llegando a las comidas familiares donde a veces se bromea con que esta Nochebuena en la mesa habrá cuchillos de plástico.

Los paralelismos entre aquella época y esta no dejan de ser asombrosos. Entonces, todo parecía por construir. Ahora, sorprendentemente, también. Si entonces la España de la Transición prosperaba construyendo sin saberlo un país, ahora hay otra generación que busca trabajo y sueños. Pero en 1984 parecía que los gobernantes (de signo muy diverso) y los gobernados tenían una idea de país y hablaban mayoritariamente un mismo idioma.

Otra obra de teatro que se ha podido ver recientemente en Barcelona, Les dones sàvies, de Molière, muestra de forma muy atrevida (quizás por eso funciona) un personaje que viene como anillo al dedo. Josep Cuní, popular presentador de televisión, es satirizado como un charlatán “que lo sabe todo del procés” y que ha creado una máquina infalible, el “5 por 10”, capaz de generar cientos de frases para tertulias que encajan en cualquier situación sin decir absolutamente nada. Los actores hacen la prueba en directo preguntando al azar al público. No falla ninguna.

Ruido y creencias, en algunos casos casi religiosas (al hilo, Els nens desagraïts, en la sala Beckett), conforman un cóctel en el que la primera víctima es la verdad y la segunda la empatía. La verdad, porque pese a la libertad de prensa y la oferta inagotable, un número inimaginable de ciudadanos está dispuesto a creer que llueve mientras el sol luce radiante en un cielo sin nubes. Los hechos han pasado a ser secundarios, aunque sean contrastables. Siempre hay otra verdad (sea verdad o mentira) que conecta mejor con el corazón. Y eso es lo que importa. La empatía, porque es difícil debatir desde el respeto. Es la crisis de los afectos entre diferentes que siempre han vivido juntos. Vecinos de los mismos pueblos catalanes con los que estoy teniendo la oportunidad de charlar.

Este lunes empieza la campaña electoral más atípica de la historia de Cataluña y una de las más singulares de España. En ella, recuperar el reto de la Barcelona global, como punto de encuentro y vertebradora ya no solo de Cataluña sino de España, parece una quimera. Un sueño de un idealista. Casi tanto como hacer de Barcelona la capital de un nuevo país, próspero y mucho más democrático casi de forma instantánea.

En el estreno de Parlàvem d’um somni estaba Maragall (el que sale en los libros de historia), viéndose a sí mismo en el escenario. Es poco probable que se enterase de algo, pues padece de alzheimer desde hace muchos años, como es sabido. Igual algún espectador, de esa obra o del momento actual de Cataluña, no sepa aún que está llamado a volver a soñar y, de nuevo, conseguirlo.


“Hay en las personas más cosas dignas de admiración que de desprecio”

Covarrubias

El pasado jueves regresé a uno de los lugares importantes de mi vida. Recuerdo perfectamente cómo le dije a mis padres que quería ser periodista y que quería estudiar en Madrid. Después, gracias a un vecino y amigo, Rafa Yáñez, acabé recalando en el colegio mayor Diego de Covarrubias, de fundación directa de la Universidad Complutense de Madrid.

Diez años después de abandonarlo para seguir mis estudios en Bergen (Noruega) con una beca Erasmus, el actual equipo de dirección me invitó a pronunciar el discurso del acto de apertura del curso académico 2016-2017, que titulé antes de escribirlo “Bienvenidos a la jungla: periodismo y política en la era del desgobierno”. Acabó siendo un relato personal sobre mi paso por el colegio y lo que hice a continuación. Este es el texto completo:

Gracias por la presentación, al colegio, a su director y equipo directivo por invitarme y a todos por venir a escucharme. Sé por experiencia propia que en estos actos a veces se está más por una amable invitación normativa que muchas veces por gusto, así que trataré de hacerlo lo más breve y llevadero posible. Al fin y al cabo, a mí lo que me gusta es preguntar, más que responder. Continúa leyendo


Necesitamos exploradores

Hay dos tipos de retóricas políticas: la del chamán y la del explorador. La primera “se basa en la indignación en la lucha, en soñar con lo imposible”, en Robin Hood contra el sheriff de Nottingham. La del explorador se asienta “en la solidaridad, en el consenso, en soñar con lo posible, en las pequeñas expectativas”. Podrían encarnarla los tres mosqueteros y su precepto básico sería la fraternidad.

Las citas están sacadas de El retorno de los chamanes, el recomendable libro de Víctor Lapuente que concluye que el chamanismo puede ser de derechas o de izquierdas, es más abstracto que práctico, más frentista que pactista y genera “convulsiones teóricas pero poco cambios sustantivos”. Las sociedades avanzan cuando las convicciones se explican sin tantos aspavientos, sin tanto mesianismo o líneas rojas. Avanzamos cuando nos sentamos a negociar lo concreto y estamos dispuestos a dejarnos en casa los odios volcánicos y las aspiraciones de máximos.

El año 2015 iba a ser el gran año del cambio en España. Lo ha sido en muchos aspectos. Sin embargo, tras pasar por “las urnas de la ira” (como a veces concebimos las urnas, según Lapuente), el resultado nos ha dejado más bien pocas certezas para comenzar este 2016. Para empezar, no sabemos si 2016 será de nuevo el gran año del cambio y se celebrarán unas nuevas elecciones. En este 2015 me he implicado con más o menos intensidad en la cobertura de cinco convocatorias electorales. Las griegas de enero centraron mi primer artículo en El Español, el 24 de enero. Después llegaron las andaluzas, las autonómicas y municipales, las catalanas y  finalmente las generales, en cuya campaña me encomendaron seguir al PSOE. Todas fueron elecciones importantes y repolitizadoras en el buen sentido, aunque haya tenido la sensación de vivir un constante partido del siglo, esas citas que son absolutamente decisivas hasta que se celebra la siguiente, que además suele tocar por calendario.

El chamanismo no es más que una sofisticación política de la soberbia. Y la soberbia es muchas veces una indeseable y poco consciente reacción a la inseguridad y a la incertidumbre. De todo esto hay mucho en la política, pero también en los medios de comunicación y, cómo no, en lo más íntimo de cada uno. Discernirlo con claridad no es tan fácil, pero para avanzar y aprender resulta imprescindible.

Haciendo balance de este 2015 me doy cuenta de que los artículos de los que más satisfecho me siento son los que explican algo concreto (una persona, un momento, una idea) o aterrizan algo abstracto para que ruede por la pista de lo accesible. Aunque todas las historias tengan un titular, pretenden contribuir a la explicación honesta y subjetiva de un bien tan maleable como la porción de realidad de la que soy testigo. No todas revientan el contador de visitas (aunque un puñado están entre las 50 más leídas), pero creo que la mayoría cumplen una función independientemente de la métrica cuantitativa.

Ha sido un año de grandes cambios en lo profesional. No hace tanto (aunque parezca más) derramé más de una lágrima al decir hasta luego a los amigos de El Huffington Post. Dije hola a El Español, que entonces cabía en un despacho pequeño en la avenida de Burgos, y contribuí a fundar un nuevo medio de comunicación con una alta exigencia y un equipo humano y profesional excepcional. Desde entonces he publicado muchos artículos, incluyendo alguna exclusiva, he visto buen teatro, he ido a tertulias en la televisión y en la radio, he moderado un debate electoral, he viajado, asistido a bodas de buenos amigos y hasta he grabado un disco.

Estas son algunas de las historias con las que he explorado en el 2015. En muchas me han acompañado compañeros excepcionales, tanto en la redacción, como en la fotografía o la edición. Confío en que, si te animas a leerlas, te aporten algo para el año que empieza:  Continúa leyendo


Vivir o sucumbir en el Teatro Real

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Qué: El Público, de Mauricio Sotelo. Ópera en el Teatro Real de Madrid. Del 24 de febrero al 13 de marzo. Director musical: Pablo Heras-Casado.

Por qué hablo: Porque es un estreno mundial (la música es inédita), porque está basada en una obra de Federico García Lorca y porque une la música contemporánea con el flamenco.

Texto originalmente publicado en El Español.

“¿Qué piden? Piden la muerte del Director de escena”. Quien haya tenido mala suerte, quien alguna vez haya estrellado su ilusión y su dinero contra un espectáculo ininteligible conoce bien el sentido amargo de estas palabras. Se escucharon este martes en el Teatro Real, pero eran parte del espectáculo. El Público, la obra de Federico García Lorca, renacía como ópera para hermanar el flamenco con la música contemporánea. Fue una de esas noches excepcionales por la escasísima frecuencia con la que suceden. Un estreno mundial, con el compositor vivo y saludando en la sala. Los espectadores (los que se quedaron hasta el final, al menos) agradecieron con entusiasmo la apuesta valiente de Gerard Mortier, el director artístico que encargó la obra, a pesar de sus altibajos.

El Público gira en torno al amor entre un director de teatro, Enrique, y su amante, Gonzalo. La acción transcurre en medio de la alocada representación de Romeo y Julieta, de Shakespeare, que sirve como excusa para una reflexión onírica sobre las apariencias, los límites de la realidad, el deseo y el amor incomprendido. Es un texto incompleto, escrito por Lorca en 1930 y cuya versión definitiva probablemente se haya perdido en los años convulsos que precedieron a su asesinato en 1936.

El Público Teatro Real

Una ópera flamenca

El compositor de la música, Mauricio Sotelo, mezcla hábilmente música clásica contemporánea (orquestal y vocal) con flamenco. Es uno de los innegables atractivos de la obra, que se inscribe en ese casi inexistente género de la ópera española. En el escenario conviven artistas de distinto pelaje: cantantes líricos germanos con cantaores que no leen música pautada. Con el pecho descubierto, los cantaores Arcángel y Jesús Méndez irrumpen en la escena en forma de caballos blancos, con largas crines y pezuñas en los pies apoyadas en tacones de aguja.

En el foso, elevados sobre dos plataformas, un guitarrista flamenco (Juan Manuel Cañizares) y un percusionista (Agustín Diassera), transforman al tantas veces adusto Teatro Real en un emocionante tablao. En otros momentos, una soprano coloratura o un bajo barítono interpretan tenebrosas arias acompañados por una orquesta especializada, venida para la ocasión desde Viena (Klangforum Wien).

Para algún cultivado espectador, la línea vocal compuesta para los cantantes líricos fue monótona y sin audacia y alimenta el tópico simplista de que la música contemporánea es un tostón. Pero hay pasajes con sustancia y dirección y algunos guiños en las referencias a la música tonal conocida por todos, como el posible reflejo de las Las bodas de Fígaro.

Pablo Heras-Casado dirige con autoridad a la orquesta y a los cantantes, entre los que destacan José Antonio López, el barítono que hace de director, la joven y muy prometedora soprano Isabella Gaudí y los cantaores flamencos. La pasión y la precisión de Heras-Casado resultan imprescindibles para que el espectáculo aguante pese a su complejidad. Así se le fue reconocido al terminar la función en su camerino, donde recibía abrazos empapado en sudor y acompañado por sus padres emocionados.

La música procede literalmente de todas partes. Desde el foso, donde está la orquesta, con presencia destacada de la percusión (y hasta un contraforte), hasta las entrañas del propio teatro. Una colección de altavoces se reparten por la sala, recorrida en ocasiones de lado a lado por sonidos que parecen salidos de una película de ciencia ficción.

Una escena muy desigual

El PúblicoPero la ciencia ficción, o la película de terror, está en la escena. Su responsable, Robert Castro, se sirve junto al escenógrafo Alexander Polzin de imágenes muy impactantes pero poco eficaces. A la obra le sobran efectos y le falta una buena dramaturgia, un argumento escénico que ayude a comprender el surrealismo de Lorca, no que lo complique.

La obra mejora en la segunda parte, en la que se recrea la crucifixión de Gonzalo y una procesión a oscuras, además de un juego de espejos que muestra al público (el del Real), reflejado en el escenario. Los caballos, que representan quizás el deseo, también están muy logrados.

En conjunto, un poco de pedagogía hubiera hecho más fácil el esfuerzo de “entender no entendiendo”, la frase de San Juan de la Cruz que a menudo usa Sotelo. Hubiera sido útil para metabolizar las metáforas lorquianas y algunas frases nada obvias (“El ano es el castigo del hombre”, “La primera bomba de la revolución barrió la cabeza del profesor de retórica”). Al fin y al cabo, el disfrute de una ópera no puede ser una cuestión de fe. Debe ser algo sensorial, una conexión emocionante y empírica.

Más allá de algunos fallos, como la pronunciación de alguno de los cantantes extranjeros (¿hay alguna ópera donde tenga más sentido explotar el talento español?) o desajustes puntuales en la amplificación, que por lo demás no resultó efectiva, la ópera merece la pena.

Pese a que tras el descanso la zona noble del teatro quedase en parte despoblada tras la pausa (algo que pasa de vez en cuando en los estrenos), a El Público hay que reconocerle la osadía intelectual de crear algo tan complejo, que requiere tanto trabajo, como una ópera en la España de 2015.

El Público hace suya una de las frases culmen del poeta granadino, seguramente compartida por Mortier cuando encargó la obra. “Hay que destruir el teatro o vivir en el teatro”. Con todas las consecuencias.

Fotografía: Javier del Real (Teatro Real)

Además: “Pablo Heras-Casado, el director de los sentidos”


El director de los sentidos

Pablo Heras-Casado dirige sin batuta, dejó el conservatorio a medias y lleva orquestas en Londres, Friburgo o Nueva York porque no hay repertorio que se le resista. Ahora estrena ‘El Público’ en el Teatro Real, una ópera basada en una obra de Lorca. Para él, música es “emoción”, “comunicación” y “trabajo”.

Pablo Heras-Casado

Pablo Heras-Casado empezó en la música desde abajo y por instinto. En su familia nadie toca un instrumento. Pero “con dos años ya hablaba perfectamente e incluso cantaba”, recuerda orgullosa su madre, Carmen. Un poco antes de cumplir los ocho, madre e hijo se apuntaron a un coro de aficionados en su Granada natal. Con el tiempo, Carmen lo acabó dejando y a su hijo le picó el gusanillo por la dirección. Se pasó al otro lado y empezó a guiar a sus amigos a través de la música antigua, el repertorio que lo enamoró desde el principio. Él lo hacía todo. Reunía a los cantantes, buscaba las partituras, hacía la promoción de los conciertos.

(Así comienza el primer gran perfil que publicamos en El Español. Puedes leerlo entero -y disfrutar de las fotos de Dani Pozo- aquí)


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